CAPITULO 1: LOS DIAS DEL TRUENO Y LA LUNA (Corregido y revisado con IA)


CAPÍTULO 1: LOS DÍAS DEL TRUENO Y LA LUNA

LIMA, AÑO 2026

Esa mañana, en una casona ubicada en un barrio del distrito de La Molina en Lima, Perú, Inés Lorena, una simpática muchacha limeña, dormía plácidamente en su cama. En ese momento, sus padres, Pedro Enrique, de 56 años, y Margarita, de 50 años, la despertaron bruscamente de su plácido sueño.

—Inés Lorena, hijita, prepárate —dijo el padre—. Vamos a hacer una visita.
—¿A quién vamos a visitar, papá? —respondió Inés Lorena con curiosidad.
—Vamos a ver a unos familiares de tu papá, hijita —añadió la mamá—. Vístete y ponte bonita para que te vean bien.
—Está bien —dijo Inés Lorena en tono complaciente.

La joven ingresó al baño, se despojó rápidamente de sus ropas y entró a la ducha. Mientras el agua caía, la duda invadió su mente. ¿Unos familiares? ¿De qué parientes le estaban hablando sus padres? Ella no sabía nada de esa visita tan repentina. Al salir, descubrió que su madre había dejado sobre la cama un suéter de color marrón claro. Se vistió, se colocó la prenda y bajó las escaleras para desayunar con sus padres.

En la mesa compartieron un típico desayuno peruano: jamón del país, leche caliente y pan francés con mantequilla. Inés Lorena pidió a sus padres que le alcanzaran el cuchillo para cortar el pan.

—Hija, no te eches tanta mantequilla —le llamó la atención la madre—. No hay que desperdiciar.
—Disculpa, mamá —dijo Inés Lorena mientras untaba el pan—. ¿A quién exactamente vamos a visitar?
—Es mi primo Carlos Aurelio y su esposa Ofelia —respondió el papá—. No los veía en mucho tiempo, hasta que me los encontré camino al trabajo y quedamos en que iría a su casa. Tienen una hija de tu edad; quizás se hagan buenas amigas.

Después del desayuno, la familia subió al auto. Pedro Enrique tomó el volante mientras Margarita se acomodaba en el asiento del copiloto. Inés Lorena revisaba los mensajes en su celular y miraba las fotos de sus amigos. Cuando se aburrió, empezó a contemplar la panorámica de la ciudad de Lima a través de la ventana: los edificios, el Metropolitano, el tren eléctrico... Por alguna razón, su padre encendió la radio y puso algo de música. Se escuchó una canción muy antigua, "Limón, limonero", en la voz de Henry Stephen:

"Mi limón, mi limonero / entero me gusta más. / Un inglés dijo: 'Yeah, yeah' / y un francés dijo: 'Uh, la lá'..."

—¿Te gusta esa música, hijita? —preguntó la mamá.
—Es muy antigua —respondió Inés Lorena, curiosa.
—Es la música que escuchaban nuestros padres, tus abuelos —explicó Pedro Enrique.
—A mí me gusta —sonrió la joven—. Es muy alegre.

Y continuaron el trayecto acompañados por la vieja melodía.

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Finalmente, llegaron al otro extremo de la ciudad, en el distrito de Los Olivos, en Lima Norte. Tocaron la puerta y los recibieron Carlos Aurelio y Ofelia. Los dos primos se fundieron en un abrazo por el reencuentro. En ese momento, los anfitriones presentaron a su hija.

—Inés Lorena, hija —dijo Pedro Enrique—, saluda a tu prima Milagros.

Inés Lorena le extendió la mano a su prima, pero su padre le pidió que mostrara más afecto, instándola a darle un abrazo y un beso en la mejilla. Carlos Aurelio invitó a todos a pasar a la sala. Ofelia les ofreció chicha morada, el típico refresco limeño a base de maíz morado, y le pidió a Milagros que fuera a la cocina a servirla. Carlos Aurelio sugirió que Inés Lorena la acompañara.

Las dos primas ingresaron a la cocina, aprovechando el momento para conocerse. Milagros le confesó que aspiraba a ser escritora y que actualmente trabajaba en una novela inspirada en la historia de la familia. Inés Lorena mostró un interés genuino; deseaba conocer más sobre sus raíces. La empatía entre ambas fue inmediata.

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Minutos después, regresaron a la sala llevando los vasos de chicha morada y unos bocaditos en una bandeja. Mientras los adultos se servían, en la sala comenzó a sonar otra canción antigua: "Fuiste mía un verano", de Leonardo Favio. Los mayores se llenaron de nostalgia; recordaron que sus padres la ponían a cada rato cuando ellos eran niños.

En ese momento, Inés Lorena se detuvo frente a una vieja fotografía que mostraba a tres mujeres embarazadas. La imagen correspondía a las madres de Pedro Enrique y Carlos Aurelio, y a la tía de este último.

—Mi tía Clara estaba embarazada de mi compadre —comentó Carlos Aurelio al verla mirar el cuadro.
—Así es —agregó Milagros—. El primo Mike es mi padrino. Tenemos muchas fotos de la familia, prima.

Milagros trajo el álbum familiar. Les contó que en algún momento pensaron en digitalizar las imágenes y subirlas a la nube, pero que al final prefirieron conservar el encanto del papel físico. Juntas contemplaron los retratos de sus abuelos. Carlos "Calín", el abuelo de Milagros —fallecido hacía ya veinte años—, aparecía con su uniforme de bombero; mientras que su hermano Héctor, el abuelo de Inés Lorena, lucía como todo un donjuán. Vieron fotos de las bodas, la moda de la época y una toma particular de la familia reunida frente al televisor, viendo un partido de fútbol. Jugaban las eliminatorias para el Mundial de México 1970 entre las selecciones de Perú y Argentina.

—Mis padres siempre contaban esa anécdota —dijo Carlos Aurelio—. Todos reunidos frente a la televisión. Pero decían que también eran días de trueno y de luna.
—Perdón, ¿qué quiere decir con eso? —intervino Inés Lorena.
—Papá dice que ese año sucedieron muchos eventos históricos en el Perú y el mundo —explicó Milagros—. Por ejemplo, la llegada del hombre a la Luna.
—Dicen que eso fue mentira —sonrió Inés Lorena.
—De todos modos, conmovió al mundo —continuó Milagros—. También hubo una dictadura militar, una polémica reforma agraria, el asesinato de una actriz de Hollywood embarazada, la guerra de Vietnam y la revolución hippie. Y, en medio de todo eso, la selección clasificó al Mundial. Fue el año en que nació mi papá.
—También es el año de mi nacimiento —intervino Pedro Enrique.
—Así es —asintió Milagros—. He investigado mucho sobre 1969 y la verdad es que fue un año fascinante. Definitivamente, eran días de trueno y de luna.
—Debe ser muy interesante leer tu investigación —dijo Inés Lorena.
—Hija —le sugirió Carlos Aurelio—, cuéntale la historia a tu prima.

Milagros les pidió que se pusieran cómodos. Se dispuso a narrar una hermosa crónica familiar. Sucedió en el año 1969, mucho antes del reguetón, las redes sociales, los celulares inteligentes y la inteligencia artificial; un tiempo en el que la gente alimentaba sus vidas con sueños e ilusiones tangibles.

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LIMA, AÑO 1969

—El invierno de Lima en 1969 no era blanco —comenzó a narrar Milagros—. Era del color del agua sucia y sabía a humo de madera mojada. En la vieja casona del Jirón Huallaga, los pasadizos altos siempre olían a una mezcla extraña de cera para pisos, llovizna atrapada en los adobes y el café cargado que Héctor...

—El abuelo de Inés Lorena —aclaró Milagros mirando a su prima con una sonrisa.

...Héctor se peinaba hacia atrás, dispuesto a salir hacia su trabajo como funcionario público. En el camino, el joven no perdía la oportunidad de lanzar piropos a las muchachas que pasaban, derrochando coqueteo. Ellas caían rendidas ante sus encantos. En medio de su rutina, se encontró con su esposa Vanesa, quien cargaba a su primer hijo —aquel que había nacido de emergencia en el asiento trasero de un taxi rumbo a la maternidad—. Vanesa le avisó que debían ir a visitar a su hermano Calín.

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A las cinco de la tarde, la luz gris del cielo se colaba por el tragaluz del patio interior de la casona, donde tres vientres distintos crecían al mismo ritmo, como tres lunas alineadas bajo el cielo criollo.

—Toñita Barreda, mi abuela —aclaraba Milagros en voz baja.

Toñita se ajustó el pañuelo fucsia en el cabello largo y suspiró frente a la mesa del comedor, arrastrando los hilos de colores que se le quedaban prendidos en la falda floreada. Tenía diecinueve años, los dedos manchados de tiza de costura y la mente perdida en el último capítulo de Simplemente María. Con una mano acariciaba su barriga primeriza y con la otra sostenía un cuaderno de apuntes. En la primera línea se leía, con letra clara: Alejandro Torres. Un homenaje callado a su padre, el relojero, quien a esa hora seguramente estaba en algún billar o discoteca, descuidando cada vez más su taller.

—Calín, por favor, mírame cuando te hablo —pidió Toñita con esa dulzura ingenua que obligaba a cualquiera a detenerse—. El examen de admisión en la Católica es en unos meses. Si retomas los libros de contabilidad ahora, para cuando el bebé nazca ya habrás avanzado el primer ciclo. No puedes dejarlo todo atrás por... por lo que pasó.

Carlos "Calín" Torres, sentado al borde de una silla de madera con las botas de obrero aún puestas, no miraba los apuntes de contabilidad. Tenía las manos grandes, cuarteadas por el metal de la fundición, pero las posó sobre el vientre de Toñita con una delicadeza que desarmaba. De su cuello colgaba la medalla de San Judas Tadeo que alguna vez perteneció a su difunta hermana, el dolor que lo había hecho abandonar las aulas universitarias.

—Las cuentas no apagan incendios, Toñita —respondió Calín con voz baja, dedicándole una sonrisa cansada que olía al jabón de afeitar barato que usaba los domingos—. Ayer entramos a una quinta en Barrios Altos. El humo te nubla el juicio, pero cuando sacas a una criatura de allí... sientes que juegas para la selección. Además, este domingo jugamos contra Argentina en el Estadio Nacional. Perico León va a arrancar de titular. Si ganamos, el país cambia, te lo juro.

—El país no va a pagar los pañales, Carlos —replicó Toñita—. A propósito, ¿sabes algo de tu madre o de tus otros hermanos?
—Pues, mi hermano Lucho está estudiando en Inglaterra. Mi otro hermano, Jonathan, sigue con sus estudios de medicina y casi no lo veo. Y de mis dos hermanos menores no sé nada desde que mamá se los llevó a vivir a Estados Unidos.
—Extraño mucho a tu mamá. Me parecía una mujer muy sufrida, pero noble.
—Yo también la extraño. Pero mi hermana quiso llevársela allá con los menores.
—Oye, Calín, ¿y sabes algo de tu papá?
—Poco lo veo. Sigue viviendo en el Cusco con su esposa y mis medios hermanos. En cambio, yo solo te tengo a ti... y al bebé.

Carlos "Calín" Torres abrazó a su bella esposa y besó su vientre. En ese momento, una voz de mando resonó desde el umbral. 

En ese momento, los recuerdos llegan en el momento cuando Calín, en una pollería, le propone matrimonio con una nota escrita en servilleta de papel mientras se escucha el bolero "Perfidia":

"Mujer/ Si puedes tú con Dios hablar/ Pregúntale si yo alguna vez/ Te he dejado de adorar."



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Era la tía Clara. A sus treinta y ocho años, sostenía su avanzado segundo embarazo con una elegancia de corte sastre que desafiaba la gravedad y la llovizna de Lima. Su peinado bob permanecía intacto bajo el olor a laca, y en su mano derecha tintineaba el infaltable juego de llaves con el que controlaba la disciplina de la casa. A su lado, la pequeña Paty, su primogénita, se entretenía con una muñeca de trapo.

Toñita y Calín se miraron de reojo, compartiendo una sonrisa cómplice. Sabían bien que la pequeña Paty había sido su boleto de contrabando: más de una vez la habían llevado a pasear por la Plaza de Armas como la excusa perfecta ante los ojos estrictos de la tía para poder tomarse de las manos y besarse a escondidas detrás de los portales.

Tras la tía Clara apareció Esteban, su esposo chileno. Llevaba una chaqueta de pana marrón y se acomodó los lentes de montura de carey con un gesto de nerviosismo, sosteniendo el periódico del día doblado bajo el brazo. Administrar la imprenta en el centro de Lima se estaba volviendo un campo minado. El gobierno militar del general Velasco Alvarado respiraba nacionalismo en cada esquina y, para un ingeniero extranjero, el silencio era la mejor armadura.

—Clara, déjalos —dijo Esteban con su acento suave, intentando apagar el fuego familiar—. La juventud tiene sus propios plazos. En la radio dicen que los norteamericanos ya tienen el módulo listo para la Luna. Si el hombre puede llegar allá arriba este mes, un muchacho puede terminar sus estudios cuando esté listo.

Clara no respondió, pero sus ojos grises delataron la tensión. Cenar en la casona del Jirón Huallaga se había convertido en un ejercicio de diplomacia; el orgullo peruano chocaba sutilmente con el origen de Esteban, y Clara vivía con el temor constante de que una palabra de más atrajera la mirada de las patrullas militares hacia su hogar.

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Desde el fondo del pasadizo, el eco de unos pasos pesados y un tintineo metálico rompió el silencio.

—Vanesa, mi abuela —intervino Inés Lorena en la sala de Los Olivos, siguiendo el hilo de la historia.

Vanesa caminaba arrastrando sus pantalones de bota acampanada de lana gruesa. Las grandes argollas de oro le brillaban en las orejas y sus ojos, enmarcados en un delineado negro felino, miraban al mundo con el orgullo de quien ha sobrevivido a las noches más duras de la calle. Traía una radio a transistores pegada al hombro, donde la voz de La Joven Guardia cantaba suavemente El extraño del pelo largo

—La versión original de 1969, claro —acotó Milagros en voz alta, mirando a sus padres—, no el cover de Los Enanitos Verdes que ustedes bailaban en los ochenta.

Pedro Enrique y Margarita sonrieron con complicidad en la sala, recordando su propia juventud, mientras la historia de Milagros los devolvía al Jirón Huallaga.

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El sándalo de su perfume se mezcló de inmediato con el olor a agua de colonia y al tabaco negro que su esposo, Héctor, traía consigo.

Vanesa, apodada en el barrio como "La Gitana" por su estampa magnética, se detuvo junto a Toñita. Los vecinos murmuraban sobre su afición a la rumba nocturna, pero en esa casa, su segundo embarazo la cobijaba. Intentaba construir un muro de respeto alrededor de su nueva familia.


—No lo aturdas, Toñita —dijo Vanesa, apagando la radio con un clic seco—. Los hombres de esta familia son tercos. Héctor pasó la tarde renegando porque dice que las reformas de Velasco van a afectar las oficinas del Estado y los talleres, pero cuando llega aquí, lo único que quiere es escuchar el boletín de Pocho Rospigliosi para saber si la selección viaja completa. Déjalos que sueñen con el fútbol. Bastante desgracia hay ya en los periódicos con la guerra de Vietnam.

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La puerta de la calle se abrió y entró Lucía, la hermana mayor de Toñita. Vestía el uniforme blanco y almidonado de enfermera del Hospital Arzobispo Loayza, con la cofia perfecta y un olor a alcohol medicinal que delataba sus largas horas de guardia. En su muñeca, el reloj con segundero marcaba el tiempo con una precisión implacable. Lucía traía en los ojos la madurez de haber sido la madre de la casa desde los quince años, pero también una timidez oculta: en su bolsillo, envuelto en un pañuelo de hilo blanco, escondía una carta confidencial de Manuel, el amor prohibido que la geografía del luto familiar le impedía gritar a los cuatro vientos.

—Buenas noches —dijo Lucía, intentando disipar la pesadez del ambiente—. Traje pasteles de la pastelería del centro. Papá sigue en el taller, ¿verdad? Bueno, eso es lo que él dice... pero yo sé que a esta hora debe estar en el billar o en la discoteca.
—Papá extraña mucho a mamá —suspiró Toñita—. Le ha jurado que jamás volvería a casarse.
—Papá es muy joven —opinó Lucía—. Todavía tiene edad para rehacer su vida con otra persona.

Todos miraron hacia la habitación del fondo. Desde allí no venían voces, solo el eterno, monótono y melancólico tic-tac, tic-tac de docenas de relojes de pared. Don Alejandro, el padre relojero, permanecía allí dentro, sepultado en su chaleco de lana gris gastado, con la lupa sujeta en el ojo derecho y el tiempo congelado en el año 1963, el día exacto en que su esposa lo dejó solo en el mundo. 

Poco después, el anciano dejó las herramientas sobre la mesa, se acomodó el chaleco y salió sigilosamente hacia la calle, buscando el refugio nocturno de una mesa de billar y los acordes de un tango melancólico.

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Afuera, la llovizna limeña comenzó a arreciar contra los vidrios del tragaluz, mientras la radio de transistores de Vanesa volvía a encenderse en voz baja. Esta vez no era rock; era la voz profunda de Marisol cantando "Tu nombre me sabe a yerba", inundando la sala común donde tres generaciones se preparaban para resistir el trueno de la historia y esperar, con el vientre firme, la llegada de la luna. Una atmósfera nostálgica que contrastaba con la ilusión de la joven Toñita y el trauma real de su marido.

Fue en ese preciso instante, entre el humo de la calle y las luces de los nuevos locales del centro de Lima, cuando la silueta de una bellísima mujer cruzó el umbral de la escena: Marilu, una seductora aspirante a cantante que traía consigo las revolucionarias tendencias del uptown mod londinense...

CONTINUARÁ...

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