LIMA, AÑO 2026
En la sala del apartamento en Los Olivos, el ambiente era denso, impregnado de la nostalgia que el relato de Milagros había invocado. El álbum de fotos seguía abierto sobre la mesa, un portal a un tiempo que ya no existía pero que seguía latiendo en la memoria de los presentes. Pedro Enrique y Margarita, los padres de Inés Lorena, escuchaban con atención, reviviendo historias que sus propios padres les habían contado.
Milagros, con esa pasión que la caracterizaba, continuó su narración:
—Ese año, 1969, no solo fue el año de la luna y el fútbol. El 24 de junio, día del campesino y del Inti Raymi, el general Velasco Alvarado promulgó la Reforma Agraria. La tierra pasaba de manos de los grandes terratenientes a los campesinos que la trabajaban. El Perú se fracturó en dos.
Margarita, la madre de Inés Lorena, asintió levemente, con una mirada reflexiva.
—Recuerdo haber escuchado a mis tíos y abuelos hablar de eso con tanta amargura. Decían que la Reforma Agraria fue el inicio de la debacle del país, que los campesinos no sabían administrar las tierras y que la producción se desplomó.
Inés Lorena, que desconocía esta parte de la historia de su país, preguntó curiosa:
—¿Y eso fue cierto, mamá?
Margarita suspiró, buscando las palabras adecuadas.
—Es un tema complejo, hija. Tuvo buenas intenciones, pero la ejecución fue... complicada.
Carlos Aurelio, el padre de Milagros, que hasta entonces había estado callado, intervino:
—Ese año, 1969, no solo fue el año de la luna y el fútbol. El 24 de junio, día del campesino y del Inti Raymi, el general Velasco Alvarado promulgó la Reforma Agraria. La tierra pasaba de manos de los grandes terratenientes a los campesinos que la trabajaban. El Perú se fracturó en dos.
Margarita, la madre de Inés Lorena, asintió levemente, con una mirada reflexiva.
—Recuerdo haber escuchado a mis tíos y abuelos hablar de eso con tanta amargura. Decían que la Reforma Agraria fue el inicio de la debacle del país, que los campesinos no sabían administrar las tierras y que la producción se desplomó.
Inés Lorena, que desconocía esta parte de la historia de su país, preguntó curiosa:
—¿Y eso fue cierto, mamá?
Margarita suspiró, buscando las palabras adecuadas.
—Es un tema complejo, hija. Tuvo buenas intenciones, pero la ejecución fue... complicada.
Carlos Aurelio, el padre de Milagros, que hasta entonces había estado callado, intervino:
—Recuerdo una conversación entre unos amigos de mi padre, allá por los noventa. Uno de ellos, el joven dueño de una fábrica, defendía la reforma. Decía que era una deuda histórica, un acto de justicia social. Pero una amiga suya, una mujer de una familia acomodada a la que le habían expropiado su hacienda, explotó de la indignación. ¡Decía que era un robo, que su familia había trabajado esa tierra por generaciones!
Milagros asintió; su investigación la había llevado a contrastar todas las perspectivas.
—Es cierto —comentó Milagros—. Recuerdo también haber encontrado el testimonio de una mujer que decía que, en ese tiempo, muchos propietarios dejaban las tierras totalmente abandonadas y se la pasaban viajando al exterior.
—Pero volviendo a la reunión de mi padre —continuó Carlos Aurelio—, después de que todos discutieran, conversé con ella a solas. Me dijo que el problema no era la idea en sí, sino que nunca se les capacitó a los campesinos. Les dieron la tierra, pero no las herramientas ni el conocimiento técnico para hacerla productiva a gran escala. Y allí fue donde se inició la debacle.
En ese momento, Pedro Enrique, el padre de Inés Lorena, carraspeó, interrumpiendo el flujo de la historia.
Milagros asintió; su investigación la había llevado a contrastar todas las perspectivas.
—Es cierto —comentó Milagros—. Recuerdo también haber encontrado el testimonio de una mujer que decía que, en ese tiempo, muchos propietarios dejaban las tierras totalmente abandonadas y se la pasaban viajando al exterior.
—Pero volviendo a la reunión de mi padre —continuó Carlos Aurelio—, después de que todos discutieran, conversé con ella a solas. Me dijo que el problema no era la idea en sí, sino que nunca se les capacitó a los campesinos. Les dieron la tierra, pero no las herramientas ni el conocimiento técnico para hacerla productiva a gran escala. Y allí fue donde se inició la debacle.
En ese momento, Pedro Enrique, el padre de Inés Lorena, carraspeó, interrumpiendo el flujo de la historia.
—¿Anduviste indagando todo eso, Milagros? ¿Y qué tiene que ver con nuestros abuelos? —preguntó, con cierta impaciencia.
—Ellos solo recordaban las eliminatorias al mundial de México 1970. Ese fue el auténtico evento que unió al país —respondió Milagros con una sonrisa.
Inés Lorena, sin embargo, tenía otra preocupación:
—¿Andaban tan metidos en el fútbol? ¿Y los niños? ¿Qué pasó con ellos? No los han mencionado.
Milagros, agradecida por la intervención de su prima, asintió y se dispuso a retomar el hilo de su relato.
+++
LIMA, 1969
—En ese 1969, había un partido que la historia oficial a veces intenta ignorar —continuó Milagros, su voz transportando a los oyentes de vuelta a la casona familiar en Jesús María—. El partido que eliminó a Perú en las eliminatorias de 1957. El hombre que nos dejó fuera con un legendario gol de folha seca fue nada menos que Didí, el mismo brasileño que en ese tiempo, paradojas de la vida, entrenaba a nuestra selección.
—¿Y quién era ese tal Didí? —preguntó Inés Lorena, algo confundida.
—Un mago, hija —respondió Pedro Enrique, con una sonrisa nostálgica—. Un maestro que revolucionó nuestro fútbol. También estaba Pedernera, el argentino que entrenó a esa limitada selección colombiana en el 61, eliminó al Perú y nos privó de jugar el mundial en Arica.Margarita lo interrumpió arqueando las cejas:
—¿La selección colombiana era limitada?
—Eran otros tiempos, hijita. Colombia no era la gran selección que es ahora —explicó Pedro Enrique—. Pasábamos por encima de ellos sobre el papel, pero nos dejamos ganar.
—Bueno, bueno, está bien. ¿Y qué más?
—Y Héctor Chumpitaz... él iniciaría su segunda eliminatoria —continuó Pedro Enrique, disfrutando a plenitud de la conversación futbolística—. Antes ya había debutado en otro fracaso, camino al mundial de Inglaterra 1966.
—Mi padre siempre me contaba que el fracaso de esas eliminatorias del 66 se debió a que no convocaron a los cracks que en ese tiempo la rompían en el exterior —añadió Carlos Aurelio—. En la eliminatoria al mundial del 62 se menospreció por completo a Colombia, y en la de 1966, a Pitín Zegarra lo "ampayaron" en un bar antes de un partido clave.
—Vaya —rio Inés Lorena—. Eso de los ampays periodísticos en el fútbol peruano veo que lleva muchísimo tiempo.
—Bueno —intervino Margarita—. Sigamos con el relato... ¿Puedes continuar, Milagros? ¿Qué pasaba en la casa?
+++
—Oh, Calín, eres un héroe —le dijo Marilú un día, clavándole una sonrisa seductora después de que él la ayudara a cargar unas pesadas bolsas—. De verdad, has salvado mi vida.
Toñita, que lo había escuchado todo desde el umbral, sintió una oleada de furia y calor recorrerle el cuerpo. Embarazada de Calín, no soportaba a la coqueta Marilú y sentía una punzada de celos incontrolable cada vez que la veía sonreírle a su esposo.
—Lucía, por favor, acompáñame a ver a los niños —pidió Toñita a su hermana mayor, esforzándose por mantener un tono de voz calmado.
Toñita necesitaba con urgencia alejarse de Marilú antes de perder los papeles y decir algo de lo que pudiera arrepentirse.
Paty, la primogénita de Clara y Esteban, y el pequeño bebé recién nacido de Vanesa y Héctor —aquel que en una noche de locura terminó naciendo de emergencia en los asientos traseros de un taxi—, se habían quedado jugando en otra habitación bajo el cuidado de la empleada.
+++
—¡Oh, mi tío Héctor Daniel! —exclama Inés Lorena—. Tan buena gente que es mi tío. Bueno, sigamos con el relato, prima, no nos detengamos.
Milagros sonrió y continuó con el relato.
+++
—Hermana —dijo Toñita con un hilo de voz—. Estoy muy preocupada por nuestro padre. Se ha ido masticando rabia, rapidito.
—Bah, no te preocupes —le restó importancia Lucía—. Él está bien. Solo que ya sabes cómo es, no tolera y no se lleva bien con el esposo de la tía Clara. ¿Qué te parece si salimos a caminar un rato para respirar aire fresco afuera?
—Está bien, vamos.
Regresaron a la sala para avisar que saldrían a caminar un rato. Calín, al ver la oportunidad perfecta, decidió acompañarlas a pasear, aunque en realidad lo hacía para zafarse de una vez por todas de la pegajosa presencia de Marilú. Así que el bombero se sumó de inmediato.
Mientras caminaban por las calles arboladas de Jesús María, Calín buscó conversación con su esposa y su cuñada para aligerar el ambiente.
—¿Qué pasó con tu "visita"? —soltó Toñita de forma cortante.
—Todo bien —respondió Calín con inocencia—. ¿Qué pasa, mi amor? ¿No te cae Marilú?
—¡¡¡No soporto a esa coqueta de quinta!!! —exclamó Toñita, estallando.
—¿Estás celosa, mi vida? —rio Calín, abrazándola por el hombro—. No hay absolutamente nada de qué preocuparse. Marilú es solo una conocida, una amiga del barrio.
—¿Y qué tanto dice la tal Marilú? —preguntó Lucía, curiosa.
—Pues me andaba contando que se encontró con una amiga que estaba indignadísima por todo lo que está pasando con la reforma agraria del gobierno —respondió Calín.
—¿Andaban hablando de política? ¿Y qué opina Marilú de la reforma agraria? —indagó Lucía.
—A ella le es totalmente indiferente, la verdad —respondió el bombero.
—¿Van a seguir hablando de esa coqueta en todo el paseo? —rezongó Toñita, cruzándose de brazos.
—¿Qué pasó con tu "visita"? —soltó Toñita de forma cortante.
—Todo bien —respondió Calín con inocencia—. ¿Qué pasa, mi amor? ¿No te cae Marilú?
—¡¡¡No soporto a esa coqueta de quinta!!! —exclamó Toñita, estallando.
—¿Estás celosa, mi vida? —rio Calín, abrazándola por el hombro—. No hay absolutamente nada de qué preocuparse. Marilú es solo una conocida, una amiga del barrio.
—¿Y qué tanto dice la tal Marilú? —preguntó Lucía, curiosa.
—Pues me andaba contando que se encontró con una amiga que estaba indignadísima por todo lo que está pasando con la reforma agraria del gobierno —respondió Calín.
—¿Andaban hablando de política? ¿Y qué opina Marilú de la reforma agraria? —indagó Lucía.
—A ella le es totalmente indiferente, la verdad —respondió el bombero.
—¿Van a seguir hablando de esa coqueta en todo el paseo? —rezongó Toñita, cruzándose de brazos.
Al verla tan molesta, Calín decidió calmarla. Detuvo el paso y colocó con infinita ternura su mano sobre el vientre abultado de su bella esposa.
—Tranquila, mi amor. No te alteres, que le hace daño al bebé —dijo mirándola a los ojos.
—Oye, hermana —intervino Lucía, queriendo cambiar de tema urgentemente—. El otro día estuve con mi tío Romualdo, ¿te acuerdas de él? El pintor.
—Sí, claro, el hermano de mamá. Tan buena gente que era nuestro tío —recordó Toñita, suavizando el rostro—. Él se preocupó muchísimo por nosotros cuando murió nuestra mamá. Aún recuerdo cuando nos regalaba entradas al cine; una vez fui con mi hermano a ver una película muy triste que nos marcó el alma, "Mendigar o Morir"... Sentíamos que era como ver nuestra propia infancia reflejada en la pantalla. ¿Y cómo está el tío?
—Está bien, felizmente.
—Tenemos que visitarlo, mi amor —le pidió Toñita a su esposo—. El tío Romualdo y su esposa siempre han sido unas personas maravillosas con nosotros.
—Tienes toda la razón, mi vida. Tu tío Romualdo y su esposa me caen súper bien —respondió Calín, dándole un tierno beso en la frente a su bella esposa.
Pocos metros más allá, Calín pasó por el frente de una conocida pollería del distrito. Al ver el letrero, miró a Toñita con complicidad y le recordó que en una pollería exactamente como esa, tiempo atrás, le había propuesto matrimonio escribiendo en una servilleta. Toñita, que justo en ese instante sintió los feroces antojos propios de su estado, sonrió al recordar el olor del pollo a la brasa y aceptó encantada la sugerencia. Calín las invitó a entrar y, mientras devoraban el crocante pollo, siguieron conversando de la familia. Calín preguntó por los hermanos menores de Toñita y Lucía, pero ellas, con un deje de tristeza, apenas respondieron que estaban bien, aunque admitieron que casi no los veían.
Por su parte, metido en el humo de un billar del centro del distrito, don Alejandro fumaba sin parar y tomaba cerveza con sus amigos de siempre. De pronto, una mala jugada sobre el paño verde provocó una acalorada discusión con otro parroquiano.
—¡Tramposo! —exclamó Alejandro, golpeando el taco contra el piso—. Esa bola no tenía por qué haber entrado, la has empujado.
—Si entró, entró... pues, viejo... no llores —le respondieron con tono burlón.
—¡¡Yo vi clarito cómo empujaste la bola con la mano para que entrara!!
—Estás borracho, Alejandro, ya no sabes perder.
—¡Eres un tramposo... ni más vuelvo a jugar contigo! —gritó don Alejandro y, cegado por la rabia, le propinó un fuerte golpe en el rostro.
De inmediato se armó una tremenda trifulca. Sillas volando y vasos rotos obligaron al dueño del local a intervenir con rudeza, retirando a Alejandro y al otro borracho a patadas del establecimiento.
Con el orgullo herido y la ropa desarreglada, Alejandro caminaba a trompicones por las calles regresando a la casona de su hija, cuando de pronto divisó a Toñita comiendo pollo a la brasa junto a Calín y Lucía a través de la mampara del restaurante. Las hermanas, al ver entrar a su padre con semejante aspecto desaliñado, se alarmaron por completo.
—Tranquila, mi amor. No te alteres, que le hace daño al bebé —dijo mirándola a los ojos.
—Oye, hermana —intervino Lucía, queriendo cambiar de tema urgentemente—. El otro día estuve con mi tío Romualdo, ¿te acuerdas de él? El pintor.
—Sí, claro, el hermano de mamá. Tan buena gente que era nuestro tío —recordó Toñita, suavizando el rostro—. Él se preocupó muchísimo por nosotros cuando murió nuestra mamá. Aún recuerdo cuando nos regalaba entradas al cine; una vez fui con mi hermano a ver una película muy triste que nos marcó el alma, "Mendigar o Morir"... Sentíamos que era como ver nuestra propia infancia reflejada en la pantalla. ¿Y cómo está el tío?
—Está bien, felizmente.
—Tenemos que visitarlo, mi amor —le pidió Toñita a su esposo—. El tío Romualdo y su esposa siempre han sido unas personas maravillosas con nosotros.
—Tienes toda la razón, mi vida. Tu tío Romualdo y su esposa me caen súper bien —respondió Calín, dándole un tierno beso en la frente a su bella esposa.
Pocos metros más allá, Calín pasó por el frente de una conocida pollería del distrito. Al ver el letrero, miró a Toñita con complicidad y le recordó que en una pollería exactamente como esa, tiempo atrás, le había propuesto matrimonio escribiendo en una servilleta. Toñita, que justo en ese instante sintió los feroces antojos propios de su estado, sonrió al recordar el olor del pollo a la brasa y aceptó encantada la sugerencia. Calín las invitó a entrar y, mientras devoraban el crocante pollo, siguieron conversando de la familia. Calín preguntó por los hermanos menores de Toñita y Lucía, pero ellas, con un deje de tristeza, apenas respondieron que estaban bien, aunque admitieron que casi no los veían.
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—¡Tramposo! —exclamó Alejandro, golpeando el taco contra el piso—. Esa bola no tenía por qué haber entrado, la has empujado.
—Si entró, entró... pues, viejo... no llores —le respondieron con tono burlón.
—¡¡Yo vi clarito cómo empujaste la bola con la mano para que entrara!!
—Estás borracho, Alejandro, ya no sabes perder.
—¡Eres un tramposo... ni más vuelvo a jugar contigo! —gritó don Alejandro y, cegado por la rabia, le propinó un fuerte golpe en el rostro.
De inmediato se armó una tremenda trifulca. Sillas volando y vasos rotos obligaron al dueño del local a intervenir con rudeza, retirando a Alejandro y al otro borracho a patadas del establecimiento.
Con el orgullo herido y la ropa desarreglada, Alejandro caminaba a trompicones por las calles regresando a la casona de su hija, cuando de pronto divisó a Toñita comiendo pollo a la brasa junto a Calín y Lucía a través de la mampara del restaurante. Las hermanas, al ver entrar a su padre con semejante aspecto desaliñado, se alarmaron por completo.
—Papá, ¿pero qué te ha pasado? ¿Te metiste en problemas otra vez? —dijo Toñita, levantándose de la mesa.—¡¡¡Me salí un rato de la casa para evitar ver al chileno ese, el esposo de mi hermana Clara, y decidí ir al billar!!! ¡Pero la verdad es que esos tipos son unos tramposos de porquería! —exclamó don Alejandro, limpiándose un hilo de sangre de la comisura de la boca—. ¡¡¡Ni más vuelvo a jugar con ellos!!!
—Vaya, don Alejandro, usted de verdad no va a cambiar nunca —dijo Calín, jalando una silla—. ¿No quiere sentarse y comer un pollito a la brasa?
—Está bien... —aceptó el viejo, cascarrabias pero hambriento—. No hay nada como un buen pollito a la brasa para calmar los ánimos y bajar la cólera.
Don Alejandro se saboreó el pollo con ganas. Sin embargo, minutos después, Toñita se acordó de que habían dejado visitas en casa y urgió a todos a regresar. Calín pagó la cuenta y pidió para llevar el resto del pollo, sumando un pedido adicional entero para invitar a los demás en la casona.
+++
Al regresar a la vivienda con los paquetes humeantes, descubrieron que la coqueta de Marilú seguía instalada en la sala.
—¡¡¡Familia!!! —anunció Calín con alegría, alzando las bolsas—. ¡¡¡Ya estamos de vuelta y trajimos pollo a la brasa para todos!!!
La tía Clara, que lucía visiblemente cansada, se puso de pie de inmediato.
—Les agradecemos muchísimo el pollo, muchachos —dijo la tía Clara con frialdad—. Pero ya se está haciendo bastante tarde. ¿Nos vamos, Esteban?
—Sí, Clarita —respondió el tío Esteban, levantándose del sillón—. Muchas gracias por todas las atenciones.
La tía Clara y su esposo Esteban se despidieron con prisa, tomaron a la pequeña Paty de la mano y, junto a la empleada, salieron para subirse al auto estacionado afuera.
Esteban encendió el motor del vehículo y comenzó a manejar por las avenidas de Lima mientras en la radio sonaba la melancólica melodía de "Trotamundos" de Nicola Di Bari. En el asiento de atrás, la niña Paty cabeceaba de sueño apoyada en la empleada.
—Esteban —soltó la tía Clara, mirando de reojo por la ventana—. La verdad, no me gusta para nada, pero para nada, que mi sobrina Toñita esté con ese chico. Pensar que un judío millonario, el pelirrojo que la pretendía hace un tiempo, ¿te acuerdas? Ese sí que era un excelente partido para mi sobrina, y no ese bombero calato.
—Se ve que se quieren mucho, Clarita —replicó Esteban, manteniendo la vista en el camino.
—Es que, ¿qué estabilidad económica real le puede brindar un simple bombero en estos tiempos? —rezongó ella.
—No te preocupes tanto, mi vida. Se ve que Calín es un buen muchacho, trabajador.
—Sí, Clarita —respondió el tío Esteban, levantándose del sillón—. Muchas gracias por todas las atenciones.
La tía Clara y su esposo Esteban se despidieron con prisa, tomaron a la pequeña Paty de la mano y, junto a la empleada, salieron para subirse al auto estacionado afuera.
Esteban encendió el motor del vehículo y comenzó a manejar por las avenidas de Lima mientras en la radio sonaba la melancólica melodía de "Trotamundos" de Nicola Di Bari. En el asiento de atrás, la niña Paty cabeceaba de sueño apoyada en la empleada.
—Esteban —soltó la tía Clara, mirando de reojo por la ventana—. La verdad, no me gusta para nada, pero para nada, que mi sobrina Toñita esté con ese chico. Pensar que un judío millonario, el pelirrojo que la pretendía hace un tiempo, ¿te acuerdas? Ese sí que era un excelente partido para mi sobrina, y no ese bombero calato.
—Se ve que se quieren mucho, Clarita —replicó Esteban, manteniendo la vista en el camino.
—Es que, ¿qué estabilidad económica real le puede brindar un simple bombero en estos tiempos? —rezongó ella.
—No te preocupes tanto, mi vida. Se ve que Calín es un buen muchacho, trabajador.
—Oye, Esteban, cambiando de tema... ¿Y qué tanta gracia te traes tú con la coqueta esa?
—¿Quién, Marilú? —preguntó Esteban, intentando sonar casual—. Es buena gente, una chica alegre.
—Es una coqueta redomada. No soporto cómo la andabas mirando en la sala.
—Es una chica guapa, no lo voy a negar, pero la verdad es que no pasa nada con ella. Y ya, deja tus celos de una vez, que le hace daño al bebé —concluyó Esteban, subiéndole el volumen a la radio.
Mientras el auto se alejaba, la voz de Nicola Di Bari seguía inundando el habitáculo con su ritmo nostálgico.
Al día siguiente, las cosas no mejoraron. Varios clientes acudieron impacientes al taller de relojería de Don Alejandro solo para encontrarse con la sorpresa de que el viejo no estaba en su puesto de trabajo. Enormes carteles cerraban la ventanilla, mientras que el relojero se encontraba instalado en el café de enfrente, devorándose un cigarrillo tras otro, tomando café cargado y criticando con furia a los gobernantes de turno frente a cualquiera que quisiera escucharlo.
—¡Es que la culpa de todo, absolutamente de todo, la tienen... los políticos! —gritaba, golpeando la mesa.
Fue en ese preciso instante cuando, desde una radio de transistores cercana, comenzó a sonar con fuerza una canción de The Beatles. Don Alejandro, chapado a la antigua y de mecha corta, odiaba a la banda británica y arremetió de inmediato contra unos jóvenes que disfrutaban de la música.
—¿Quién, Marilú? —preguntó Esteban, intentando sonar casual—. Es buena gente, una chica alegre.
—Es una coqueta redomada. No soporto cómo la andabas mirando en la sala.
—Es una chica guapa, no lo voy a negar, pero la verdad es que no pasa nada con ella. Y ya, deja tus celos de una vez, que le hace daño al bebé —concluyó Esteban, subiéndole el volumen a la radio.
Mientras el auto se alejaba, la voz de Nicola Di Bari seguía inundando el habitáculo con su ritmo nostálgico.
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Al día siguiente, las cosas no mejoraron. Varios clientes acudieron impacientes al taller de relojería de Don Alejandro solo para encontrarse con la sorpresa de que el viejo no estaba en su puesto de trabajo. Enormes carteles cerraban la ventanilla, mientras que el relojero se encontraba instalado en el café de enfrente, devorándose un cigarrillo tras otro, tomando café cargado y criticando con furia a los gobernantes de turno frente a cualquiera que quisiera escucharlo.
—¡Es que la culpa de todo, absolutamente de todo, la tienen... los políticos! —gritaba, golpeando la mesa.
Fue en ese preciso instante cuando, desde una radio de transistores cercana, comenzó a sonar con fuerza una canción de The Beatles. Don Alejandro, chapado a la antigua y de mecha corta, odiaba a la banda británica y arremetió de inmediato contra unos jóvenes que disfrutaban de la música.
—¡¡Oigan, quién ha puesto a esos melenudos ruidosos!! ¡Quiten esa música infernal, que este es un lugar decente! —exclamó don Alejandro, furioso.Los jóvenes se negaron rotundamente a apagar la radio. Fuera de sí, don Alejandro avanzó decidido y les arrebató la radio de transistores de las manos. Justo antes de que la lanzara con violencia contra el piso para hacerla trizas, intervino el tío chileno, Esteban, quien pasaba por la zona e intentó frenar la locura. Pero Alejandro le saltó al cuello para callarle la boca.
—Oye, ¿qué te pasa a ti, chileno?... No te metas en lo que no te incumbe... ¡Es que me tienen harto estos jóvenes vagos y su cochina música!
—¿Y para eso tienes que intentar romperles la radio? ¡Estás loco! —le reclamó Esteban, empujándolo.
Alejandro intentó pegarle un puñetazo al tío Esteban, pero los vecinos y parroquianos del café se metieron de inmediato para contenerlo. Fue justo en medio de ese griterío cuando apareció Marilú, caminando con un andar sensual y sumamente coqueta. Al verla, todos los hombres del lugar guardaron silencio y soltaron un suspiro colectivo por la bella jovencita.—¿Qué pasó aquí, señores? ¿Por qué están discutiendo de esa forma tan fea? —dijo Marilú, entornando los ojos y repartiendo guiños a los presentes.
—Disculpa la escena, Marilú —dijo Esteban, acomodándose la camisa—. Pero este señor intentó golpearme de la nada.
—¿Y por qué, ah? —preguntó Marilú, acercándose con picardía.
—Porque intentó romperle la radio a esos muchachos —explicó Esteban.
—¡Es que no soporto esa música infernal de melenudos! —volvió a exclamar Alejandro, aún retenido por los brazos.
—Señor Alejandro... —dijo Marilú con voz arrulladora, acercándose al viejo—. Creo que unos hombres tan maduros no deberían portarse así. Ustedes son todos unos caballeros y deben calmarse por completo.
—¡Es que la culpa de todo la tienen los políticos! —insistió Alejandro, aunque bajando el tono, hipnotizado.
—¿Y por eso debe intentar romper la radio? No, mi señor, la gente merece respeto —dijo Marilú, dando un paso al frente.
Fue en ese momento cuando, con una astucia tremenda, comenzó a deslizar sus manos llenas de caricias felinas sobre los hombros y el cuerpo de Alejandro y luego de Esteban. Ambos hombres se derritieron por completo ante los mimos de tan bella muchacha, olvidando la gresca en un segundo. Marilú, sonriendo al ver su poder, los invitó a tomar café a una cafetería cercana que contaba con una colorida rockola. Una vez allí, la joven se dirigió al aparato, introdujo una moneda y seleccionó un tema que encendió el lugar: se escuchó "Casatschok" en la contagiosa versión de Georgie Dann.
Ella, con un cadencioso y magnético movimiento de hombros y caderas, invitó a bailar a Alejandro y a Esteban. Los dos hombres, compitiendo por su atención, comenzaron a bailar Casatschok de lo más animados:
Sin embargo, la felicidad les duró poco. La noticia de la vergonzosa pelea callejera entre Alejandro y Esteban llegó rápidamente a oídos de Clara, llenándola de una profunda angustia. Pero el golpe definitivo fue cuando descubrieron que los dos viejos habían estado de coquetos con Marilú y, peor aún, que los habían visto bailando Casatschok con ella en medio de las risas del barrio. Esa humillación y el estrés constante comenzaron a hacer estragos en Clara, cuyo segundo embarazo se complicó seriamente de un momento a otro. Las discusiones familiares, la inestabilidad política del país y el miedo constante a que una palabra de más atrajera la mirada de las patrullas militares hacia su hogar le provocaban terribles dolores de cabeza y náuseas recurrentes.
De igual manera, la tensión se respiraba en las calles del distrito. Héctor paseaba una tarde con Vanesa, llevando al pequeño bebé de las manos mientras caminaban despacio. De pronto, unos pícaros esquineros divisaron a la mujer y le lanzaron unos piropos vulgares y subidos de tono, lo que irritó sobremanera el orgullo de Héctor.
—¿Y por eso debe intentar romper la radio? No, mi señor, la gente merece respeto —dijo Marilú, dando un paso al frente.
Fue en ese momento cuando, con una astucia tremenda, comenzó a deslizar sus manos llenas de caricias felinas sobre los hombros y el cuerpo de Alejandro y luego de Esteban. Ambos hombres se derritieron por completo ante los mimos de tan bella muchacha, olvidando la gresca en un segundo. Marilú, sonriendo al ver su poder, los invitó a tomar café a una cafetería cercana que contaba con una colorida rockola. Una vez allí, la joven se dirigió al aparato, introdujo una moneda y seleccionó un tema que encendió el lugar: se escuchó "Casatschok" en la contagiosa versión de Georgie Dann.
Ella, con un cadencioso y magnético movimiento de hombros y caderas, invitó a bailar a Alejandro y a Esteban. Los dos hombres, compitiendo por su atención, comenzaron a bailar Casatschok de lo más animados:
“Petruska, toca la balalaica/ Como tú la aprendiste a tocar/ Y al cantar los remeros del Volga
Para al fin poder todos juntos bailar/ Raspati, casatschok, casatschok/ casatschok, raspati…”
Sin embargo, la felicidad les duró poco. La noticia de la vergonzosa pelea callejera entre Alejandro y Esteban llegó rápidamente a oídos de Clara, llenándola de una profunda angustia. Pero el golpe definitivo fue cuando descubrieron que los dos viejos habían estado de coquetos con Marilú y, peor aún, que los habían visto bailando Casatschok con ella en medio de las risas del barrio. Esa humillación y el estrés constante comenzaron a hacer estragos en Clara, cuyo segundo embarazo se complicó seriamente de un momento a otro. Las discusiones familiares, la inestabilidad política del país y el miedo constante a que una palabra de más atrajera la mirada de las patrullas militares hacia su hogar le provocaban terribles dolores de cabeza y náuseas recurrentes.
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De igual manera, la tensión se respiraba en las calles del distrito. Héctor paseaba una tarde con Vanesa, llevando al pequeño bebé de las manos mientras caminaban despacio. De pronto, unos pícaros esquineros divisaron a la mujer y le lanzaron unos piropos vulgares y subidos de tono, lo que irritó sobremanera el orgullo de Héctor.
—¡Oye, qué te pasa a ti, concha...! ¡Deja en paz a mi mujer! —exclamó Héctor, poniéndose frente a ellos con los puños cerrados.
—¡Tu mujer está bien rica, compadre! ¡Mamacita, qué buena estás! —se burlaron los tipos, desafiantes.
Héctor se violentó por completo e intentó golpear al insolente, pero Vanesa lo contuvo con fuerza, interponiéndose entre ellos. Los hombres siguieron riéndose a carcajadas de la furia de Héctor, pero ella logró jalarlo y alejarlo de la presencia de los sujetos. Caminaron unas cuadras en un silencio sepulcral hasta que estalló la tormenta.
—¿Viste cómo esos hombres te estaban tratando? ¡Tenía que reventarlos! —gritó Héctor, alterado.
—No pasa nada, Héctor. Cálmate de una vez —le espetó Vanesa, harta de la situación—. ¿Sabes qué? Mejor yo me voy de aquí. No quiero estar al lado de un fosforito que se irrita rapidito por cualquier tontería y busca pelea en cada esquina.
—¿Y el niño? —preguntó Héctor, desconcertado.
—Puedes quedártelo un rato. Yo me voy.
Vanesa dio la media vuelta y se retiró a grandes zancadas, perdiéndose entre la gente. Héctor, completamente desconsolado y con el bebé en brazos, no supo qué más hacer y se dirigió al cuartel de bomberos donde trabajaba su hermano Calín. Allí, quebrado, le contó todo lo sucedido con Vanesa y los sinvergüenzas de la calle. En medio del llanto, Héctor confesó que amaba profundamente a Vanesa a pesar de sus crisis, y le confesó también cuánto extrañaba a su madre; desde que ella se había marchado a los Estados Unidos, nada en la familia volvía a ser lo mismo.
Fue en ese preciso instante cuando sonó el teléfono del cuartel. Era Toñita, que llamaba desde la casona de Jesús María para pedirle a Calín que comprara pollo a la brasa, pues los antojos del embarazo la estaban volviendo loca de nuevo. Calín, al ver el estado de su hermano, decidió acompañarlo a la pollería para comprar la comida y distraerlo. Mientras esperaban el pedido, Calín palmoteó la espalda de su hermano y le ofreció, de todo corazón, hospedarse temporalmente en la casona junto a su esposa para que pudieran arreglar sus problemas en un ambiente familiar.
Toñita, en casa, se sentía devorada por la preocupación por su tía Clara y por el rumbo que estaba tomando su propia familia; sentía que la situación se le escapaba de las manos a todos y solo lograba tranquilizarse un poco saciando su antojo de comer pollo a la brasa.
Fue en ese preciso instante cuando sonó el teléfono del cuartel. Era Toñita, que llamaba desde la casona de Jesús María para pedirle a Calín que comprara pollo a la brasa, pues los antojos del embarazo la estaban volviendo loca de nuevo. Calín, al ver el estado de su hermano, decidió acompañarlo a la pollería para comprar la comida y distraerlo. Mientras esperaban el pedido, Calín palmoteó la espalda de su hermano y le ofreció, de todo corazón, hospedarse temporalmente en la casona junto a su esposa para que pudieran arreglar sus problemas en un ambiente familiar.
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Toñita, en casa, se sentía devorada por la preocupación por su tía Clara y por el rumbo que estaba tomando su propia familia; sentía que la situación se le escapaba de las manos a todos y solo lograba tranquilizarse un poco saciando su antojo de comer pollo a la brasa.
Y por si fuera poco todo el drama doméstico, antes de que alguien pudiera reaccionar, el primer silbato de las eliminatorias resonó con fuerza en cada rincón del país.
Perú debutó en las clasificatorias perdiendo contra Bolivia en la temible altura de La Paz, tras un polémico y escandaloso arbitraje que dejó a todos los peruanos con un profundo sabor amargo en la boca. La enorme frustración deportiva se trasladó de inmediato al interior de la casona en Jesús María, donde las discusiones políticas y familiares se volvieron mucho más frecuentes, agrias e intensas.
El hito histórico y futbolístico de ese fatídico 1969 quedó marcado por la derrota de Perú ante Bolivia por 2 goles a 1 en La Paz. La decepción y la tristeza más absolutas se apoderaron del país entero... Pero ahora, el culpable directo de todas las frustraciones nacionales tenía nombre y apellido: el árbitro yugoslavo Sergio Chechelev, quien concedió una falta penal inexistente a favor de los bolivianos y, para colmo, le anuló un gol legítimo al equipo peruano. Chechelev se convirtió, de la noche a la mañana, en el villano de moda y el hombre más odiado en todo el Perú.
Mientras tanto, flotando sobre la pesadez de la casona en Jesús María, desde la radio de transistores de Vanesa, la canción clave de esa época, "La Bambola" de Los Iracundos, sonaba a todo volumen, inundando la sala común con su melodía alegre y contagiosa; un contraste doloroso, irónico y casi cruel con la inmensa tensión y el drama humano que se vivía tras las paredes de aquel hogar.
CONTINUARÁ...
Perú debutó en las clasificatorias perdiendo contra Bolivia en la temible altura de La Paz, tras un polémico y escandaloso arbitraje que dejó a todos los peruanos con un profundo sabor amargo en la boca. La enorme frustración deportiva se trasladó de inmediato al interior de la casona en Jesús María, donde las discusiones políticas y familiares se volvieron mucho más frecuentes, agrias e intensas.
El hito histórico y futbolístico de ese fatídico 1969 quedó marcado por la derrota de Perú ante Bolivia por 2 goles a 1 en La Paz. La decepción y la tristeza más absolutas se apoderaron del país entero... Pero ahora, el culpable directo de todas las frustraciones nacionales tenía nombre y apellido: el árbitro yugoslavo Sergio Chechelev, quien concedió una falta penal inexistente a favor de los bolivianos y, para colmo, le anuló un gol legítimo al equipo peruano. Chechelev se convirtió, de la noche a la mañana, en el villano de moda y el hombre más odiado en todo el Perú.
Mientras tanto, flotando sobre la pesadez de la casona en Jesús María, desde la radio de transistores de Vanesa, la canción clave de esa época, "La Bambola" de Los Iracundos, sonaba a todo volumen, inundando la sala común con su melodía alegre y contagiosa; un contraste doloroso, irónico y casi cruel con la inmensa tensión y el drama humano que se vivía tras las paredes de aquel hogar.
CONTINUARÁ...











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