CAPITULO 3: LOS DIAS DEL TRUENO Y LA LUNA


CAPÍTULO 3: DEL ESPACIO A LA TIERRA
LIMA, AÑO 2026

En el apartamento de Los Olivos, la conversación había dado un giro. Milagros, tras narrar la derrota en La Paz, se quedó pensativa, acariciando la tapa de un libro antiguo que descansaba sobre la mesa de centro, junto al álbum de fotos. Era una edición príncipe de Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa, con la portada algo gastada por el tiempo.

—Es curioso —comentó Milagros, alzando el libro—. Siempre asociamos agosto de 1969 con el fútbol, pero veníamos de la resaca de un evento que cambió la historia. Hacía apenas unas semanas, el 20 de julio, Neil Armstrong había pisado la Luna. Todo el mundo seguía mirando al cielo, asombrado por el futuro, sin imaginar que en la Tierra las cosas se pondrían tan oscuras en cuestión de días. Además, ese mismo año Vargas Llosa publicó esta obra maestra, una radiografía brutal de la dictadura de Odría que, paradójicamente, muchos leían escondidos mientras vivían el régimen de Velasco.

Pedro Enrique asintió, reconociendo el libro.

—Mi padre lo tenía. Decía que ese libro y El Padrino de Mario Puzo, que también salió ese año, fueron los únicos que lograron distraerlo un poco de la tensión política y del fútbol. Mi madre, en cambio, prefería las novelas de Agatha Christie; creo que ese año leyó una de las últimas, una que tenía que ver con Halloween.

Margarita, riendo suavemente, trajo de vuelta el tema musical.

—Y pensar que tu abuelo Alejandro casi rompe la radio por los Beatles en el café. Si hubiera sabido que meses antes, en enero, habían tocado en un techo en Londres por última vez...

—Mi padre amaba a los Beatles —aclaró Carlos Aurelio—, pero solo los primeros álbumes. Las baladas bonitas, las canciones tiernas entre el 63 y el 66. Cuando se pusieron experimentales y melenudos en el 69, el viejo ya no los pasaba. Decía que eso era "música de locos".

—¿Andaban tan metidos en el fútbol? ¿Y cómo afectó lo de la Luna a la familia, Milagros? —preguntó Inés Lorena, intrigada por la vida de esos abuelos que no conoció.

Milagros ensombreció el gesto, preparándose para retomar el relato del pasado.

—Nos bajó de golpe a la realidad, Inés. Julio fue el mes de la Luna, pero agosto de 1969 fue un mes muy oscuro a nivel global. Fue el fin del sueño hippie. Mientras el Perú rumiaba la bronca contra el árbitro Chechelev tras el debut en La Paz, el mundo se estremecía con noticias que daban terror, y la familia Torres rumiaba sus propios fantasmas.

+++

LIMA, AGOSTO DE 1969

Apenas unas semanas antes, la casona de Jesús María se había paralizado por completo. Toda la familia, unida frente al televisor en blanco y negro y pegada a las radios, había contenido el aliento al escuchar la transmisión en vivo del Apolo 11. "Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad", se repetía en las calles como un eco de esperanza. Parecía que el futuro era brillante y que nada era imposible; con esa misma fe, el país entero sintonizó el debut de la selección en La Paz poco después.

Pero el amargo arbitraje del yugoslavo Sergio Chechelev en Bolivia, que se convirtió en el villano de moda e insulto cotidiano en los billares, los despertó del sueño espacial de golpe. De la Luna pasaron de regreso al barro de la realidad.

Ese mediodía, Toñita caminaba despacio hacia el Mercado de Jesús María, llevando la canasta sobre su vientre de cuatro meses. De pronto, un hombre maduro de unos 63 años, elegantísimo con sombrero, traje de saco y corbata a pesar del calor, se le acercó con una sonrisa galante. Toñita reconoció de inmediato a su suegro.

—Hola, Toñita. ¿Cómo estás, mi querida nuera?

—¿Don Afranio? ¡Qué sorpresa! ¿Cómo está usted? ¿Hace cuánto tiempo llegó del Cuzco?

—Llegué hace unos días —respondió Afranio, acomodándose el sombrero—. La verdad, Toñita, tengo planeado venir a Lima definitivamente con mi segunda esposa y mis dos hijos menores. De hecho, ella está esperando otro bebé; es el tercero, y quisiéramos que naciera aquí en la capital. Pero cuéntame tú, ¿cómo estás? ¿Cómo va mi nieto?

—Pues, cada vez da más pataditas... auch... —rio Toñita, sobándose el vientre—. Parece que será futbolista. Tenemos pensado ponerle su nombre, Afranio, si nace varón.

—Oh, gracias por el detalle, nuerita. Es un honor.

—Oiga, don Afranio —dijo Toñita, cambiando el tono para tantear terreno—, ¿no le molesta que mi padre se haya hospedado en la casona y que haya puesto su taller de relojería allí? Es que la casa se estaba quedando muy grande cuando mi suegra Mirta se fue para Estados Unidos con sus hijos...

—Para nada —la interrumpió Afranio con desdén—. Tu padre es un poco loco, pero a mí me cae bien. De hecho, mi esposa y yo tenemos pensado comprarnos una casona en San Isidro, algo más moderno.

—Esta será siempre su casa, don Afranio.

Afranio detuvo el paso y miró la fachada de la casona a lo lejos. Su expresión elegante se endureció.

—No, gracias. Esa casona me trae muy malos recuerdos.

—¿Todavía la extraña, don Afranio? —preguntó Toñita suavemente, sabiendo a quién se refería.

— Mucho la extraño... —susurró el hombre, y un brillo de lágrimas asomó en sus ojos—. Pensar que estos días es justo un aniversario más de su partida...

Toñita bajó la mirada, sintiendo el peso de la culpa que la perseguía.

—Yo... yo a veces me siento culpable de su partida, don Afranio. Íbamos a celebrar mi cumpleaños en el campo y terminó todo en esa tragedia.

Afranio palmoteó el hombro de su nuera con ternura.

—No te sientas culpable de nada, hijita. Esas son cosas que pasan en la vida. El destino es así de cruel a veces.

Para romper el hielo y la tristeza, Toñita cambió de tema.

—Oiga, don Afranio, ¿y vio la llegada del hombre a la luna por TV?

—No, la verdad, no he tenido oportunidad de ver ninguna transmisión —respondió, recuperando su compostura—. Tú sabes que la señal de televisión casi no llega a provincias. Bueno, hija, te acompaño a hacer el mercado. ¿Qué vas a preparar de rico hoy?

—Voy a preparar Chupe de Camarones.

—¡Oh, qué rico! Es mi plato favorito. ¿Vamos? —dijo don Afranio, y muy galante, le quitó la canasta a Toñita para llevarla él mientras se dirigían al bullicio del mercado.

+++

Rato después, Toñita regresaba con Don Afranio del mercado, cuando en ese mismo instante, Marilú irrumpió en la casona familiar con el rostro pálido y una revista internacional en las manos. Venía sin su habitual energía coqueta, pero al ver a la visita, frenó en seco.

—¡Es horrible, Toñita! —exclamó, Marilú, con la revista apretada contra el pecho. Luego, desvió su mirada hacia Don Afranio, cohibida—. Perdón, no sabía que tenías visita.

—Marilú —dijo Toñita, entrando a la cocina—, te presento a don Afranio, mi suegro. El padre de Calín y Héctor.

—Es un placer, hermosa señorita. Soy el señor Carlos Afranio Torres —dijo don Afranio, tomando la mano de la coqueta Marilú y depositando un beso galante en ella. Marilú, recuperando su brillo, sonrió halagada.

—Gusto en conocerlo, señor Torres —respondió Marilú, bajando las pestañas.

—Solo dime Afranio, por favor.

Toñita, cortando el flirteo, miró la revista que Marilú había puesto sobre la mesa.

—Marilú, ¿qué es lo que traes allí con esa cara de susto?

—¡Oh, sí! ¡Miren esto! —exclamó Marilú, abriendo la revista internacional—. En Hollywood... Han asesinado a una actriz, Sharon Tate. Estaba embarazadísima, casi a término. Dicen que fue una secta satánica, unos locos seguidores de un tal Charles Manson.

Toñita, al escuchar la palabra "embarazada" y "asesinato" en la misma frase, se llevó las manos al vientre, sintiendo un escalofrío helado. La maldad del mundo real se colaba en su hogar.

—No le cuente esas cosas a mi nuera, señorita, que en su estado la altera —la reprendió don Afranio, genuinamente preocupado.

—Es que no puedo creerlo —insistió Marilú, ignorando el regaño—. Pensar que hace poco celebrábamos que llegamos a la Luna y miren el horror que pasa aquí abajo. Esto es el fin de todo. Del "Amor y Paz", de los hippies... Yo estuve en Inglaterra, Toñita, y allá todo era paz, música y flores. Pero esto... Dicen que Mick Jagger está aterrorizado y que canceló varios eventos de los Rolling Stones por la muerte misteriosa de su compañero Brian Jones en julio.

—¿Brian Jones? —preguntó don Afranio, sin entender mucho de rock británico.

—Sí, el rubio de los Stones. Dicen que se ahogó en su piscina. Es una tragedia tras otra en el mundo de la música.

—¡Stones, Jagger! ¡Puras tonterías de melenudos drogadictos! —rezongó don Afranio, frunciendo el ceño—. Deberían prohibir esa música infernal. Si mi hijo Jonathan estuviera aquí, andaría defendiendo a esos greñudos, pero felizmente está metido en sus libros de medicina.

+++

En ese momento, Don Alejandro, el padre de Toñita, entró a la cocina fumando un cigarrillo. Al ver a Marilú, sus ojos brillaron.

—¡Oh, Marilú! Qué agradable sorpresa tenerte aquí —dijo Don Alejandro, acomodándose la camisa.

—¡Don Alejandro! Qué bueno verlo —respondió Marilú, coqueta, lo que hizo que Toñita pusiera los ojos en blanco, celosa por el recuerdo de la rockola.

Don Afranio intervino para marcar territorio de consuegros.

—¡¡Ejem!! ¿Cómo estás, Alejandro?

—¿Qué tal, Afranio? ¿Y cómo va la cosa por el Cuzco? —preguntó Alejandro, algo incómodo por la elegancia de Afranio.

—Todo bien. Pero pensamos mudarnos aquí a Lima. Mi segunda esposa está embarazada, nuevamente.

—Vaya, don Afranio —dijo don Alejandro, asombrado—. Usted no para. ¿Pueden creerlo, familia? Caminaba hacia aquí para tomar café cuando de pronto, en la esquina, me encontré a un pajarraco impresentable, con el pelo largo y casaca de cuero, que caminaba todo bacancito... ¡¡Jajajaja!! ¡Qué patético se veía el tipo!

—Ese debe ser el Kike —intervino Marilú—. Él es fanático de los Rolling Stones. Se hizo muy fanático tras la visita de Mick Jagger y Keith Richards al Perú a inicios de año. Pero es un buen muchacho, muy trabajador.

En ese momento, Calín llegó a la casa, con el uniforme de bombero algo sucio. Al ver a su padre en la cocina, se detuvo en seco y su rostro palideció.

—Papá... ¿Qué... qué estás haciendo aquí? —exclamó Calín, notablemente nervioso.

—¿No saludas a tu padre, hijo? —exclamó don Afranio con los brazos abiertos, adoptando una postura de autoridad benévola.

Calín se quedó impávido, como un niño regañado. Para calmar la tensión que se sentía en el aire, Toñita se acercó a su marido y le dio un dulce beso en la boca.

—Tu padre vino a pasar unos días aquí con nosotros, mi amor —dijo Toñita, muy cariñosa, jalándolo del brazo—. Ven, saluda a tu padre.

Calín, tragando saliva, se acercó y abrazó a su padre. Toñita, queriendo romper el hielo, le comentó a Calín la noticia del nuevo embarazo de su madrastra. Calín solo asintió, mudo.

+++

Rato después, llegaron Héctor junto con el pequeño Héctor Daniel y su esposa Vanesa, luciendo su ya notoria barriga de embarazada. Héctor también se puso rígido al ver a su padre. Vanesa, con su naturalidad arrolladora, saludó coqueta a su suegro Afranio, quien la saludó con una sonrisa complaciente, algo que Toñita notó de inmediato.

Buscando escapar de la tensión masculina, Toñita pidió permiso para empezar a cocinar. Marilú se ofreció de inmediato a acompañar a Toñita a la cocina.

+++

Marilú ayudaba a Toñita a pelar las papas para el Chupe de Camarones, mientras el resto de la familia conversaba en la sala.

—Bueno, Marilú, gracias por tu colaboración, pero creo que puedo cocinar sola, no te preocupes —dijo Toñita, algo celosa del protagonismo de la otra.

—No, Toñita —insistió Marilú—. Ahora más que nunca necesitas ayuda, en tu estado. Oye, ¿y Vanesa? ¿Por qué no nos ayuda ella en la cocina?

—¡¡Bah!! —exclamó Toñita, haciendo un gesto de desdén—. ¡¡A esa no le gusta la cocina para nada!! No le gustan los quehaceres del hogar, ella prefiere andar bien arregladita.

—Eso veo. Oye... y muy simpático tu suegro, don Afranio, ¿verdad? —dijo Marilú con picardía.

—Mi suegro es muy buena persona —respondió Toñita, tajante—. Claro, es un poco estricto con sus hijos, y más desde que se separó de mi suegra.


—Eso veo. Tu esposo y tu cuñado lo miran con un miedo que da cosa. ¿Y tu suegra dónde está?

—Ella vive en Estados Unidos con su hija, la media hermana de Calín. Desde que falleció Lorena, la otra hermana de Calín y Héctor... pues mi suegra cayó en una depresión tan profunda que su hija mayor se la llevó a vivir allá con otros dos hermanos de Calín.

—¿ Lorena? No sabía que tenían otra hermana —dijo Marilú, deteniendo el cuchillo.

—Sí, claro. Lorena. Íbamos a celebrar mi cumpleaños en el campo, hace unos años, cuando tuvo ese terrible accidente montando a caballo.

—¿Y cómo era ella?

La mirada de Toñita se llenó de melancolía.

—Ella era muy alegre y "cochinera", le gustaba mucho contar chistes. Era el alma de la fiesta en esta casa. Y estaba muy enamorada de "Mañuco", un vecino de por aquí.

—¿Y qué pasó con ese "Mañuco"?

—Pues no se sabe mucho de él desde que murió Lorena. Se encerró en su taller. Esperemos que pronto consiga a otra mujer por ahí y rehaga su vida.

Toñita y Marilú siguieron conversando mientras el chupe hervía, llenando la cocina de un olor delicioso. Toñita comenzó a servir los platos humeantes. En ese momento, la tía Clara llegó con el tío Esteban para almorzar. Al probar la comida, todos felicitaron a Toñita.

—Eres una experta cocinera, Toñita. Este chupe está increíble —dijo Marilú, saboreándolo.

—Eso lo aprendió de su tía Clara —intervino la tía, orgullosa.

—Clara, por favor —rio el tío Esteban—. Tú no sabes cocinar ni un huevo frito. ¿Te acuerdas que cuando nos conocimos, comprabas la comida afuera y pretendías que la habías cocinado tú? ¡¡Jajajajajaja!!

—¡Sí, pero estoy aprendiendo, jijijiji! —respondió la tía Clara, sonrojándose, mientras todos en la mesa compartían la risa y el Chupe de Camarones preparado por Toñita.

+++

Mientras tanto, en un parque algo alejado de la casona, "Mañuco", un humilde mecánico de barrio de tez curtida y manos callosas, esperaba nervioso. Lucía, la hermana enfermera de Toñita, apareció vestida con su uniforme blanco. "Mañuco" sacó un modesto ramo de flores que escondía tras su espalda. Ambos se saludaron con un tierno beso en la boca.

—Hola, Lucía, ¿cómo estás? Toma, te traje estas flores.

—Hola, "Mañuco", gracias. Eres muy amable —respondió Lucía, tomándolas con cariño.

—Oye, Lucía... creo que ya es momento de hacer pública nuestra relación. No podemos seguir escondiéndonos.

—No sé si mi familia lo apruebe, Mañuco. Toñita era muy amiga de Lorena, tu exnovia. A propósito, estos días es justo el aniversario de su partida...

Lucía le tomó la mano a "Mañuco" para consolarlo al ver la sombra de tristeza en su rostro.

—Entiendo tus razones y el dolor por Lorena —dijo Lucía—. Pero Toñita es mi hermana, y no quiero ocultarle más que nos estamos viendo. Seguro que ella lo comprenderá, ella es buena.

—¿Y tu tía Clara? ¿Y tu padre, don Alejandro?

Lucía no dijo nada. Guardó un silencio pesado. Sabía perfectamente que ni su tía Clara ni su padre aprobarían jamás su relación con "Mañuco" por ser un simple mecánico de barrio. Don Alejandro y doña Clara soñaban con un médico o un ingeniero para Lucía.

+++

De vuelta en el apartamento de Los Olivos, en el año 2026.

—Qué curioso... —intervino Inés Lorena, que escuchaba la historia con los ojos muy abiertos—. Tenía una tía abuela que se llamaba exactamente como yo.

—Así es, hijita —dijo Héctor Enrique, mirándola con ternura—. Tu madre y yo te pusimos el nombre en honor a nuestra difunta tía Lorena.

—¿Y cómo murió ella? —preguntó Inés Lorena, intrigada.

—Mi padre siempre contaba que murió cayéndose de un caballo —dijo Carlos Aurelio—. Nosotros, los de la nueva generación, no llegamos a conocerla, pero su muerte conmovió profundamente a toda la familia y marcó a mi abuela Toñita.

Fue entonces cuando Héctor Enrique se levantó, buscó en un cajón y le enseñó a Inés Lorena una foto antigua y amarillenta. Inés Lorena se quedó muda de la impresión. La mujer de la foto, Lorena Torres, era exactamente igual a ella. El mismo rostro, la misma mirada. Inés Lorena sintió un escalofrío al ver su propio reflejo en el pasado difunto.

+++

De vuelta a agosto de 1969...

A finales de mes, otra noticia trágica, esta vez más cercana a los gustos masculinos de la casa, llegó por los periódicos. Don Afranio, queriendo marcar su territorio como patriarca, decidió llevar a sus hijos Héctor y Calín a la taberna de Jesús María. Don Afranio insistía en presentarles formalmente a sus medios hermanos y a su nueva madrastra, pero los hermanos Torres no estaban del todo motivados; sentían que esa nueva familia usurpaba el lugar de su madre y de la difunta Lorena.

Buscando cambiar de conversación para aliviar la tensión, Héctor tomó el diario La Crónica que estaba sobre la mesa y leyó el titular principal. Se quedó mudo de la impresión.

—¡No puede ser! —exclamó Héctor, pasándole el periódico a su padre con mano temblorosa—. Papá, mira esto. Rocky Marciano... ha muerto.

—¿El boxeador? —preguntó Calín, sorprendido.

—Sí, el campeón invicto —dijo Héctor con tristeza—. Su avioneta se estrelló en Iowa, en Estados Unidos. Tenía solo 45 años. Iba a celebrar su cumpleaños mañana.

Don Afranio, un gran admirador de la "vieja guardia" del boxeo y de todo lo que representara elegancia y fuerza, se quitó los lentes y se frotó los ojos, consternado. Rocky Marciano era un ídolo de su juventud, un símbolo de disciplina que él siempre había admirado.

—Una pena, una verdadera pena... —susurró Don Afranio—. Rocky era de los buenos de verdad, un caballero del ring, no como los boxeadores payasos y escandalosos de ahora. Primero Judy Garland en junio... qué hermosa mujer era Judy Garland... y cantaba como los dioses... Y ahora Rocky... se están yendo todos los grandes de nuestra época, hijos. Se está acabando un mundo.

La muerte de Marciano golpeó el ánimo de los hombres, trayendo de vuelta la melancolía por Lorena. Pero la obsesión futbolística en el Perú de 1969 era más fuerte que cualquier tragedia. La muerte de Marciano, el horror de Sharon Tate y el viaje a la Luna pasaron a segundo plano cuando Calín, armándose de valor frente a su padre, golpeó la mesa de la taberna con determinación.

—¡Escuchen bien! —dijo Calín, con los ojos brillando de fervor—. El hombre llegó a la luna el mes pasado demostrando que no hay imposibles. Y Rocky Marciano nunca perdió una pelea porque cayó, sí, pero siempre se levantó para ganar. Nosotros también caímos en La Paz por culpa de ese árbitro tramposo. ¡Pero este domingo, en el Estadio Nacional, nos vamos a levantar! ¡Le vamos a demostrar a Chechelev y a todo el mundo de qué está hecho el Perú!

+++

En ese mismo instante, en la casona de Jesús María, Lucía, que acababa de regresar del parque, le hacía una confesión nerviosa a su hermana Toñita en la sala.

—Toñita, por favor, necesito contarte una cosa muy importante...

—¿Qué quieres contarme, hermanita? Te noto rara.

—¿Te... te acuerdas de "Mañuco", el que fue novio de Lorena, tu cuñada muerta? El mecánico.

—Sí, claro que me acuerdo de él. Pobre muchacho.

—Pues... espero que no te moleste, Toñita, pero... estoy empezando a salir con él. Estamos enamorados.

De pronto, el rostro de Toñita se iluminó. Una sonrisa se dibujó en sus labios y, sin dudarlo, abrazó a su hermana con alegría.

—¡Pues te felicito, Lucía! ¡Qué buena noticia! "Mañuco" es un buen muchacho, trabajador y serio. Él merece una segunda oportunidad para ser feliz después de lo de Lorena.

—¿No... no estás enojada conmigo? —preguntó Lucía, aliviada pero sorprendida.

—¿Y por qué debería enojarme? ¡Al contrario! Apruebo totalmente tu relación con ese muchacho. Hacen una linda pareja.

En ese momento, Don Alejandro entró a la sala, fumando distraídamente un cigarrillo.

—¡¡Papá!! —exclamó Lucía, reaccionando de inmediato—. ¡¡Apaga ese cigarrillo ahora mismo! ¡No deberías fumar frente a tu hija Toñita, que está embarazada! Es dañino.

—Oh, sí, disculpa, hijita... Me olvidé —dijo don Alejandro, apagando el cigarrillo avergonzado—. Pero dime, ¿de qué estaban hablando tan animadas?

Lucía se puso nerviosa en el acto. Sabía que su padre jamás aprobaría a "Mañuco". Se despidió apresuradamente de Toñita con una mirada de complicidad y se marchó para su turno de guardia en el Hospital Loayza.

+++

Esa noche, la casona de Jesús María se llenó de un silencio tenso, solo roto por el sonido de la radio de transistores de Vanesa, que Héctor había llevado consigo al cuartel de bomberos. Esta vez no sonaban Los Iracundos. Sonaba "La Bambola", sí, pero en una versión instrumental, como si la música también estuviera esperando, con el vientre firme y la respiración contenida, la hora de la revancha futbolística.

En ese momento, la alarma del cuartel sonó con estridencia, rompiendo la calma. ¡Se había presentado un incendio de grandes proporciones en los almacenes del Callao! De inmediato, Calín y sus compañeros se subieron a los carros de bomberos, las sirenas ululando en la noche limeña, listos para arriesgar sus vidas. Mientras Calín luchaba contra las llamas voraces en el gran incendio, los heridos comenzaron a ser trasladados de urgencia al Hospital Loayza. Lucía estaba de guardia esa noche. Fue ella quien atendió a los bomberos afectados por el humo y quien logró calmar a su hermana Toñita cuando llegó desesperada al hospital con su panza de cuatro meses, temiendo lo peor por Calín. Allí, Manuel (que trabajaba cerca y había corrido al hospital al enterarse del incendio) la ayudó a contener la crisis familiar, ganándose con su firmeza el respeto silencioso del propio Calín cuando este, recuperado, vio cómo el mecánico cuidaba de Toñita. El destino seguía tejiendo sus hilos en aquel agosto de 1969.

CONTINUARÁ...

Comentarios