CAPITULO 4: LOS DIAS DEL TRUENO Y LA LUNA


CAPÍTULO 4: LA REVANCHA Y LAS COSTURAS DE LA FAMILIA

LIMA, AGOSTO DE 1969 (HOSPITAL LOAYZA)

La tensión en los pasillos del hospital era asfixiante. Tras el pavoroso incendio en los almacenes, Calín se recuperaba de las quemaduras leves y del humo inhalado. Don Afranio, impecable pero con el rostro desencajado por la angustia, observaba a su hijo en la camilla. El susto había quebrado de forma temporal su fría elegancia.

—Tienes que dejar esto, Carlos —le dijo Don Afranio a Calín, usando su nombre de pila con severidad—. Ya no eres un chiquillo. Casi te matas esta noche. Es hora de que sientes cabeza, que busques un trabajo de oficina, algo digno y seguro. Tienes que pensar en Toñita y en mi nieto que está por nacer. Ese niño necesita un padre vivo, no un héroe de cenizas.

Calín guardó silencio, mirando las vendas en sus manos, debatiéndose entre la vocación y la enorme presión de su padre.

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En el pasillo del hospital, la tensión cedió el paso a una fragilidad silenciosa. Tras la firmeza con la que Don Afranio le habló a Calín sobre sentar cabeza por Toñita y el bebé en camino, el patriarca se cruzó con Vanesa cerca de las bancas de espera.

Afranio, siempre distante y formal, le dedicó un saludo escueto:

—Buenas tardes, Vanesa. Qué bueno que viniste a ver a tu cuñado. ¿Cómo está Héctor?

Vanesa, acariciando su vientre con suavidad, intentó regalarle una sonrisa cálida, buscando romper esa barrera de hielo que siempre sentía con él. A Don Afranio no le gustaba Vanesa para su hijo Héctor debido a su pasado como una mujer aficionada a la farra y la rumba.

—Él está descansando —dijo Vanesa—. Tuvo un día muy agitado en el ministerio.

—¿En serio? Ese holgazán solo vive para divertirse.

—Héctor ha cambiado. Ahora es más responsable.

—¿Ayudando? Yo creo que jugaba al casino con los demás funcionarios.

—En serio, Don Afranio, Héctor ha cambiado.

—«Ver para creer», dijo Santo Tomás de Aquino. Hasta que no vea a Héctor trabajando, no lo creeré.

—Sí, Don Afranio. Héctor está bien, descansando, pero yo no podía quedarme tranquila en casa sabiendo el susto que pasaron.

Sin embargo, al ver la mirada severa de su suegro y recordar cómo él acababa de desvivirse en atenciones y planes solo para el futuro hijo de Toñita, un nudo de inseguridad y celos lícitos se le instaló en la garganta. Vanesa no tenía malas intenciones, pero le dolía profundamente sentir que sus propios hijos —el nieto que ya correteaba y el que venía en camino— parecían invisibles ante los ojos del viejo en comparación con el primogénito de Calín. Sentía que, hiciera lo que hiciera, nunca lograba ganarse del todo el afecto de la familia de su esposo.

Con la voz un poco quebrada por las hormonas del embarazo y la frustración, se atrevió a decir:

—Don Afranio... a veces siento que usted hace diferencias. Yo sé cuánto quiere a Toñita y me alegra mucho por ella, de verdad... pero no puedo evitar sentir pena al pensar que prefiere más a una criatura que ni ha nacido que a sus otros nietos, a Héctor Daniel y al que yo también tengo aquí dentro. Ellos también llevan su sangre y su apellido.

Afranio se quedó sorprendido, tocado por la honestidad del reclamo, pero su orgullo le impidió ablandarse en el acto. Se acomodó los anteojos, murmuró una disculpa sobre tener que revisar unos papeles del alta médica y se retiró con paso lento.

Vanesa se quedó sentada, suspirando con resignación. Lejos de guardar rencor, miró su vientre y tomó una decisión guiada por el anhelo de tender un puente definitivo con su suegro: le pondría «Afranio» como segundo nombre a su bebé. No por venganza, sino como un homenaje y un tierno gesto para demostrarle al patriarca que ellos también eran parte de su legado, esperando que al escuchar su propio nombre en el niño, el corazón del viejo finalmente se abriera para ellos.

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Por su parte, Vanesa y Héctor se enteraron de la amarga noticia de que el gobierno militar había censurado las matinales, aquellos conciertos que realizaban las bandas de rock nacionales antes de cada función cinematográfica. ¡No podía ser! ¡Esto era inaudito! En esas matinales desfilaban grupos musicales como Los Shain's, Los Doltons, Los Yorks, Los Saicos y muchos más. A Vanesa y a Héctor les gustaba la música de Los Yorks; de hecho, con el dinero que ganaba Héctor en el ministerio, se había comprado su más reciente disco que incluía «Te amo», una canción que representaba al rock psicodélico por excelencia, con ese grito estridente y desgarrador y una voz aguda del cantante que evocaba la rebeldía de la juventud:

«Te amo, te amo, te amo / Yo te siento en mi corazón / Todo el mundo debe saber».

En el 2026, Héctor Enrique todavía conserva ese disco en su colección. Pensó en regalarlo o botarlo a la basura, pero Inés Lorena descubrió que los discos de vinilo están regresando de moda y, por eso, llegó el momento de desempolvarlo del baúl de los recuerdos.

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Una tarde, Vanesa caminaba por el Jirón de la Unión cuando descubrió a su marido, Héctor, coqueteando y lanzando piropos a una exuberante mujer.

—¡Héctor! —exclamó Vanesa—. ¡No cambias! ¡Tu hermano se está recuperando de un grave accidente y tú andas coqueteando con otras mujeres!

—¿Cómo está mi hermano? —preguntó Héctor.

—Se está recuperando.

—Me alegra por él. Oye, ¿qué te parece si comemos algo?

—Se me antoja un helado de lúcuma.

—¿Estás loca? ¿Cómo puedes pensar en tomar helado de lúcuma en pleno invierno?

—Pues me dieron antojos por el embarazo.

—¿Andas con el niño?

—Está con mi hermano, no te preocupes por él. ¿Me compras el helado o no?

Entonces, Vanesa y Héctor buscaron una heladería abierta por todos los rincones de Lima. Subieron al autobús y tomaron taxis, pero todos los locales estaban cerrados... hasta que de pronto, como por un acto divino, encontraron una casa donde todavía vendían helados artísticos. Finalmente, Vanesa pudo saborear el dulce antojo junto a su marido, mientras sonaba de fondo «Te amo» de Los Yorks. 

Después, Héctor decidió visitar a su hermano en el hospital. Calín, ya más recuperado, no podía creer que hubieran tomado helado en pleno invierno. Días después, Héctor y Vanesa se hospedaron en la casona de Jesús María.

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DÍAS DESPUÉS: LA FIEBRE DE MARÍA

De regreso en la casona de Jesús María, con Calín ya restablecido en casa y las aguas más calmadas, el ambiente volvió a llenarse de la cotidianidad de 1969.

Toñita preparaba un plato tradicional, olluquito con charqui, para el almuerzo mientras escuchaba y tarareaba en un inglés masticado la canción «Sugar, Sugar» de Los Archies:

«Sugar, honey honey / You are my candy girl / And you got me wanting you...»

En ese momento sonó el timbre de la casa. Ella bajó la intensidad del fogón, se dispuso a abrir y regresó corriendo a la cocina para vigilar la cocción. Era Marilú, que venía a almorzar. Pensar que hace un tiempo Toñita no soportaba a Marilú por coqueta pero, con los meses, se habían ido haciendo buenas amigas.

Marilú percibió el olor del guiso, su preferido, mientras hablaban amenamente y escuchaban música. También se escuchó «Mrs. Robinson» de Simon & Garfunkel. Toñita comentó que esa era la canción que le dedicaban a la tía Clara cuando salía con un chiquillo antes de conocer al chileno. En ese instante, Toñita miró el reloj de la pared. Era la hora de la telenovela. Apagó el fogón y se sentó junto a Marilú.

Entonces, como todas las tardes, el televisor en blanco y negro se encendía para el ritual del vecindario: la telenovela Simplemente María.

Toñita y Marilú se sentaban juntas frente a la pantalla, conmovidas por la actuación de la peruana Saby Kamalich como la humilde provinciana que salía adelante, y de Ricardo Blume como el maestro Roberto.

Toñita miraba la pantalla con una mezcla de melancolía y esperanza. Había empezado a ver melodramas gracias a su suegra, Mirta, antes de que esta viajara a los Estados Unidos. Por eso, durante los comerciales, Toñita sacaba la extensa carta que había escrito la noche anterior para enviarle a su suegra ausente:

«...Querida mamá Mirta, aquí las cosas van mejorando. Calín ya está sano del incendio, gracias a Dios. Le cuento que no me pierdo un solo capítulo de "Simplemente María", tal como hacíamos antes. Cada vez que veo a María sufrir con sus telas, me dan unos anhelos inmensos de conseguir una máquina de coser Singer como la de ella, para confeccionar la ropita de su nieto y ayudar en la casa...»

Al leer la carta por encima de su hombro, Marilú soltó una de sus risas coquetas y le dio una palmadita afectuosa.

—¡Ay, Toñita, no seas ingenua! Si tanto quieres conocer el mundo de la televisión, avísame. Saby Kamalich y Ricardo Blume son muy amigos de mi círculo de teatro en el centro de Lima. Un día de estos te los presento para que dejes de sufrir por la pantalla.

Toñita la miró con los ojos abiertos como platos, sin saber si creerle a su extravagante amiga o si aquello era otra de sus fantasías londenses. Un rato después llegaron Vanesa y Héctor, la tía Clara (sola, pues el tío Esteban estaba trabajando en la imprenta), junto con Don Alejandro y Calín para sentarse a almorzar el olluquito con charqui.

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LIMA, AÑO 2026

En el departamento de Los Olivos, la conversación dio un salto al recordar las tensiones invisibles que dividían a la familia en aquel 1969. Inés Lorena, mientras revisaba las anotaciones del diario familiar, se detuvo en un nombre.

—Siempre me llamó la atención el tío Esteban —comentó Inés Lorena, pensativa—. Para mi generación es rarísimo pensar en esas rivalidades. Yo viajo seguido a Santiago por trabajo, tengo muy buenos amigos chilenos y me encanta su cultura. Pero en las notas de la abuela Toñita dice que, al principio, el bisabuelo Alejandro no podía ni ver en pintura al tío Esteban solo por su nacionalidad.

Carlos Aurelio soltó una risa nostálgica y asintió.

—Eran otros tiempos, hija. Don Alejandro nació arrastrando el dolor y el orgullo herido de una Lima que sufrió la ocupación en la Guerra del Pacífico en los 1800. Ese resentimiento contra los chilenos se transmitía de generación en generación, casi como un deber patriótico. Para el viejo Alejandro, que un chileno entrara a la casona a cortejar a la tía Clara era prácticamente una invasión a su propio territorio. Lo trataba con una frialdad de hielo.


—Hasta que el fútbol metió su cuchara, como siempre —añadió Milagros con una sonrisa—. La tregua llegó de la forma más inesperada, en una mesa de café.

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LIMA, AGOSTO DE 1969 (DÍAS ANTES DEL PARTIDO)

El ambiente en el comedor de la casona de Jesús María solía cortarse con cuchillo cada vez que el tío Esteban iba de visita. Don Alejandro, el padre de Toñita, se sentaba al extremo opuesto de la mesa, fumando en silencio y lanzándole miradas de pocos amigos sobre el borde del periódico. De fondo se escuchaba la canción «Puerto Montt» de Los Iracundos, melodía que le traía añoranzas de su Chile querido, aquella patria que dejó atrás.

Para Alejandro, Esteban encarnaba el recuerdo histórico de los dolores del siglo pasado; no importaba que Esteban fuera un hombre educado y pacífico, su acento lo condenaba de forma automática.

Sin embargo, una tarde, mientras Toñita y la tía Clara preparaban el salón para la hora del lonche, Don Alejandro y el tío Esteban se quedaron solos cerca de la radio. Se escuchaba «La plañidera» de Raúl Vásquez. Buscando romper el asfixiante muro de hielo, Esteban carraspeó y miró fijamente un banderín que Alejandro tenía colgado cerca de sus herramientas de relojería.

—Sabe, Don Alejandro... —comenzó Esteban, midiendo sus palabras con cautela—. Quería confesarle algo. Desde que llegué al Perú, me he vuelto un fanático acérrimo del Alianza Lima.

Don Alejandro bajó el periódico lentamente, entornando los ojos con desconfianza.

—¿Ah, sí? ¿Y a cuenta de qué un chileno resulta aliancista? —preguntó, con la guardia en alto.

Esteban sonrió con honestidad.

—Es por el uniforme, caballero. Esas franjas verticales me recordaron de inmediato al club de mis amores en Chile, el Magallanes. Es mi equipo favorito allá y ver al Alianza me hace sentir un poco más cerca de mi tierra.

Alejandro parpadeó, completamente desarmado. Se acomodó los lentes y soltó una carcajada ronca, la primera muestra de simpatía que le dedicaba en meses.

—¡Pero hombre, Esteban! —exclamó Alejandro, dejando el diario sobre la mesa—. ¡El uniforme del Magallanes es blanquiazul pero de franjas delgadas, se parece mucho más a la camiseta del Racing de Avellaneda o a la de la mismísima selección argentina! ¡El Alianza es otra cosa, es azul oscuro, es el rodillo negro!

—Puede ser, Don Alejandro, puede ser —rio Esteban, contagiado por el cambio de humor—. Pero el corazón me dio ese vuelco al verlo en la cancha. Alianza tiene esa misma mística de barrio obrero.

La mención del equipo del pueblo fue el puente mágico. Para un limeño acérrimo como Don Alejandro, que un extranjero adoptara los colores de Matute por puro romanticismo futbolístico era un argumento sagrado. A partir de ese preciso instante, el viejo rencor histórico de la Guerra del Pacífico se disolvió entre discusiones sobre las jugadas de Teófilo Cubillas y «Perico» León. Don Alejandro y el tío Esteban se hicieron, contra todo pronóstico, grandes amigos, sellando la paz con un fuerte apretón de manos justo a tiempo para la efervescencia futbolística de agosto.

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Por su parte, en una cafetería con rockola se encontraban Lucía, la enfermera, y Mañuco, el mecánico. Se escuchaban canciones en castellano como «Y volveré» o «Porque te quiero» de Los Ángeles Negros y «Que seas feliz» de Carlos Javier Beltrán.

—Te amo, Lucía. Cada día que pasa me estoy enamorando más de ti —dijo el mecánico.

—Yo también te amo. ¿Y qué pasó con Lorena, tu difunta novia?

—A Lorena todavía la quiero, pero ella está en el pasado. En cambio, tú estás aquí conmigo.

En ese momento comenzó a sonar la canción «This Guy's in Love with You», el único tema cantado por Herb Alpert. Mañuco invitó a bailar pegado a Lucía al compás de la romántica melodía. Mientras se mecían, Mañuco cerró los ojos y jadeó un nombre: «Lorena... Lorena». 

Fue entonces cuando Lucía reaccionó, se separó bruscamente de Mañuco y se retiró del lugar. Mañuco se lamentó amargamente por la metida de pata ante Lucía y buscó por todos los medios la forma de pedirle disculpas. Sin embargo, Lucía sabía muy bien que no podía competir con el recuerdo de una muerta.


17 DE AGOSTO DE 1969: LA REVANCHA EN EL NACIONAL

El domingo amaneció con un cielo gris, pero Lima hervía de fervor. Era el día de la revancha contra Bolivia. Don Afranio, queriendo congraciarse con sus hijos tras la pelea del hospital, compró tres entradas para la tribuna de Occidente del Estadio Nacional. Héctor y Calín, luciendo aún algunas marcas del incendio pero con el corazón latiendo a mil, acompañaron a su padre.

El partido fue una fiesta completa. El Estadio Nacional era una caldera que rugía con cada jugada. El Perú se tomó la revancha con sangre en el ojo: un contundente 3 a 0 que aplastó a los bolivianos. Los goles desataron la locura colectiva.

Al salir del estadio, en medio de la multitud que cantaba y celebraba en la calle, Calín, Héctor y un grupo de hinchas se detuvieron a tomar una cerveza. La euforia era tanta que Héctor sacó un lapicero y utilizó el reverso de su entrada para apuntar algo curioso que la gente venía repitiendo.

—¡Miren esto! —dijo Héctor, emocionado—. Si juntas los apellidos de la alineación, suena como música: Rubiños, Campos, Chumpitaz, Fuentes, Challe, Cruzado...

—¡Eso es una canción, hermano! —grito Calín, abrazándolo—. ¡Vamos a clasificar! ¡Nadie nos para! ¡Perú va al Mundial, carajo!

La confianza era absoluta. El fantasma de Chechelev había sido exorcizado y México 70 parecía a la vuelta de la esquina.

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EL ENCUENTRO DE DOS MUNDOS

La alegría del triunfo futbolístico se prolongó hasta el día siguiente en la casona. Sin embargo, la tensión familiar regresó cuando Don Afranio tocó la puerta. Esta vez no venía solo.

Cumpliendo su promesa, Afranio entró al gran salón de la casona vistiendo su habitual elegancia, pero sosteniendo de la mano a una mujer notablemente más joven, de rasgos dulces pero tímidos, cuyo vientre delataba un embarazo de pocos meses. Detrás de ella, dos niños pequeños miraban la casona con timidez.

—Toñita, hija —dijo Don Afranio con tono solemne, ignorando la presencia de Vanesa que miraba desde las escaleras—. Te presento a mi esposa, Elena, y a mis hijos menores. Quería que te conocieran a ti primero. Elena, ella es Toñita, la esposa de Carlos, la que cuida de esta casa.

Toñita, con su natural bondad, dio un paso al frente y extendió la mano con una sonrisa cálida, tratando de romper el hielo de una nueva familia que venía a ocupar el espacio de los recuerdos en Lima, mientras en el piso de arriba, Vanesa cruzaba los brazos, preparándose para la guerra silenciosa por el apellido Torres.

CONTINUARÁ...

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