CAPITULO 5: LOS DIAS DEL TRUENO Y LA LUNA


CAPÍTULO 5: LA LUNA EN LA SALA Y EL RUMBO A LA BOMBONERA
LIMA, AÑO 2026

En el departamento de Los Olivos, Inés Lorena contemplaba fascinada una antigua fotografía en blanco y negro que Milagros acababa de sacar de un sobre de tela. En la imagen, la sala de la casona de Jesús María lucía repleta, con sus altas molduras en el techo, los marcos dorados de los retratos y un imponente televisor de perilla colocado como el centro del universo.

—Mira esta foto, papá —dijo Inés Lorena, conmovida—. Están todos. Don Alejandro con sus lentes, la tía Clara con su peinado alto, Vanesa luciendo su embarazo, y el abuelo Calín al lado de Toñita... Todos mirando fijamente esa pantalla parpadeante.

Pedro Enrique se acercó, ajustándose las gafas, y una sonrisa de profunda nostalgia se dibujó en su rostro.

—Esa noche de julio de 1969 nadie durmió en Lima, hija —recordó Pedro Enrique—. El mundo entero estaba suspendido de un hilo. Faltaban pocos días para que empezaran oficialmente los partidos de las Eliminatorias contra Argentina y Bolivia, pero antes de que la pelota rodara, el cielo nos regaló el espectáculo más grande del siglo. Don Alejandro mandó a comprar Coca-Cola, Inca Kola y unos bocaditos para la mesa. Fue la primera vez que la tecnología unió a los Torres en una sola respiración.


20 DE JULIO DE 1969: EL PASO GIGANTE DE LA HUMANIDAD

La noche limeña era fría y húmeda, pero dentro de la casona de Jesús María el calor de la expectativa mantenía a todos despiertos. El televisor Zenith en blanco y negro, con sus dos antenas de conejo estiradas al máximo, emitía un zumbido constante mientras la señal de Panamericana Televisión conectaba en vivo con la NASA.

En el sofá principal de la sala, Toñita, con su dulce embarazo ya notándose bajo un vestido floreado y una bincha rosa en el cabello, se acomodaba al lado de Vanesa, quien luciendo unos pantalones de cuadros mantenía una mirada atenta hacia la pantalla.

Don Alejandro, sentado con su habitual porte serio y sus lentes de montura gruesa, sostenía un periódico doblado bajo el brazo. Al fondo, cerca del gran ventanal, el tío Esteban miraba de reojo la transmisión, fascinado por el hito de la era espacial. Calín y Héctor, sentados en los bordes de las sillas de cuero, no paraban de comentar la hazaña.

De pronto, la voz entrecortada del locutor anunció el descenso. La imagen borrosa y fantasmal de Neil Armstrong bajando las escaleras del módulo Eagle congeló a todos en la sala.

—¡Ahí está! ¡Ya va a pisar! —susurró Toñita, apretando la mano de Calín.

Cuando la bota del astronauta tocó el suelo lunar y la emblemática frase sonó en los parlantes del televisor, la sala estalló en aplausos. Don Alejandro soltó un suspiro largo, maravillado por ver lo imposible hecho realidad.

—Si el hombre ha sido capaz de llegar hasta la Luna y caminar sobre ella... —comentó Alejandro, mirando a Calín y a Héctor con los ojos brillantes—, entonces ganarle a la Argentina en su propia cancha y clasificar al Mundial de México ya no me parece un milagro imposible. Este año todo se puede, muchachos.

Héctor sonrió y destapó una Inca Kola helada para servirla en la mesa de centro, donde los vasos ya esperaban junto a un tazón de palomitas de maíz. De fondo en la radio de la cocina, suavemente, se alcanzaba a escuchar «A Whiter Shade of Pale» de Procol Harum, musicalizando de manera psicodélica y perfecta aquella noche donde el futuro tocó las puertas de la casona.


EL MILAGRO EN EL NACIONAL

El domingo del esperado encuentro contra la poderosa selección argentina de Labruna, Lima no era una ciudad; era un puño cerrado de nervios. El Estadio Nacional estaba repleto hasta las banderas, pintado por completo de blanco y rojo. Don Alejandro se había instalado en la taberna del barrio frente a una enorme radio de madera, rodeado de vecinos que contenían el aliento. Cerca de él estaba Esteban, el esposo de su hermana Clara. En la casona, Toñita y Marilú tejían ropita de bebé mientras escuchaban la transmisión.

El partido era una guerra de nervios. Argentina atacaba con furia, pero la defensa peruana resistía como una muralla. Corría el minuto 35 del primer tiempo cuando el cielo de Lima se rompió en un solo grito.

Héctor Chumpitaz lanzó un pase largo, bombeado, directo al área argentina. Entre los defensas albicelestes emergió la figura mítica de Pedro «Perico» León. Con una elegancia que pareció congelar el tiempo, «Perico» amortiguó la pelota con el pecho, dejándola dormida ante su botín, y antes de que el arquero Cejas pudiera reaccionar, metió un violento derechazo que mandó el balón al fondo de la red.

¡¡¡GOOOOOL PERUANO!!!

La taberna explotó. Don Alejandro soltó el cigarrillo y saltó sobre el tío Esteban, fundiéndose en un abrazo fraterno que borró de un plumazo los traumas del siglo pasado, la Guerra del Pacífico y cualquier rencor histórico. ¡Un peruano y un chileno gritando el mismo gol en el suelo de Lima!

—¡Qué grande eres, Perico! —gritaba Alejandro, llorando de la emoción—. ¡Eso es fútbol, carajo!

En la casona, Toñita saltó del sillón abrazando a Marilú, sintiendo una patadita enérgica en su vientre. La profecía de Rosita Faching se estaba cumpliendo al pie de la letra: los hombres de blanco y rojo estaban tocando la gloria con los pies, y el Perú entero empezaba a cantar con una fe ciega que México 70 ya no era un sueño, sino un destino escrito en las estrellas.

(Aquel legendario registro del gol se creía perdido por mucho tiempo, hasta que décadas después apareció al final de la cinta de un programa inglés y alguien lo subió a YouTube. En el 2026, las nuevas generaciones aún se emocionaban al verlo como si ocurriera en vivo).

ENCUENTROS INESPERADOS Y DECISIONES

Días después, Alejandro y Esteban recordaban el gol de Perico León en Lima mientras jugaban billar, convertidos ahora en buenos amigos y dejando atrás su absurda rivalidad por una guerra sucedida siglos atrás. De fondo se escuchaba «Trotamundos» interpretado por Nicola Di Bari.

—Te toca, Esteban. Es tu bola.
—Oye, Alejandro —dijo Esteban—, ¿te acuerdas del golazo de Perico León a Argentina?
—¡Cómo no me voy a acordar de ese golazo! ¡Fue increíble la jugada! Pero el mérito es de Chumpitaz... ¡Toda esa corrida desde media cancha para colocársela como con la mano a Perico, quien remató de tres dedos y borde externo! Seguro me vio jugar al fútbol, ¡jajajajaja!
—Sí, sí, modestia aparte —rio Esteban.
—¿No me has visto jugar? ¡Era un crack!
—¿Y no quisiste jugar profesional?
—No, el fútbol no daba mucho billete en mis tiempos. Tú sabes. Bueno, es tu turno.

Esteban se puso en posición para rematar... para su suerte, anotó tres bolas en las troneras de la esquina. Alejandro no se inmutó por la buena jugada de su cuñado; pensaba que era pura suerte de principiante. En ese momento, apareció en el local una mujer muy buena moza, de la misma edad de Alejandro. Él la reconoció de inmediato mientras empezaba a sonar «Toma mi corazón» de Lily y su Gran Trío.

—¿Etelvina? —dijo Alejandro, acomodándose la postura y mostrando su lado más coqueto.
—Hola, guapo. ¿Cómo estás?
—Estoy muy bien. Qué sorpresa encontrarte aquí nuevamente.

Alejandro continuó platicando amenamente con la guapa mujer, olvidándose por completo del juego de billar.

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Rato después, Alejandro llegó a la casona de Jesús María y le confesó a su hija Toñita una noticia que la dejó helada: se iba a mudar de la casa.

—¿De qué estás hablando, papá? ¿Cómo es que te vas de la casa? —exclamó Toñita, impresionada.
—Es que me volví a encontrar con Etelvina. ¿Te acuerdas de ella? La que fue conmigo a tu boda.
—Sí, me acuerdo de ella —respondió Toñita, con una mezcla de celos e indignación—. ¿No me digas que has vuelto con esa mujer?
—Es la verdad, hijita. Te quiero mucho —explicó Alejandro—, pero la verdad es que me siento un poco incómodo con la presencia de mi consuegro ahora que volvió del Cusco.
—Pero si mi suegro no vive en la casona. Él tiene su casa lejos de aquí.
—Aún así, prefiero mi independencia. Disculpa, pero no te preocupes, te visitaré seguido a ti... y a mi nieto que viene en camino.
—Bueno, si prefieres estar con esa mujer... no me opondré.


Alejandro abrazó a su hija, aunque ella no podía ocultar su molestia por la abrupta partida. En ese momento, llegó Calín con una bolsa de una discotienda entre los brazos.

—Mi amor —dijo Calín, dándole un beso a su esposa—. ¿Qué pasa? ¿Cómo estás?
—Es que mi papá volvió con esa tipa, la tal Etelvina, y se va de la casa —se quejó Toñita.
—Oh, Don Alejandro —comentó Calín—. ¿No me diga que ya se aburrió de nosotros?
—Pues creo que ustedes necesitan su propio espacio —respondió Don Alejandro—. Yo solo incomodo aquí.
—Usted no incomoda para nada, Don Alejandro —aseguró Calín—. Pero si prefiere vivir con la señora, no me opongo. A propósito, pasé por la tienda de discos y compré algunas novedades.

Alejandro comenzó a revisar las adquisiciones de su yerno. Hubo un disco que le llamó la atención: «Por Vietnam» del grupo chileno Quilapayún, una canción protesta de fuerte corte social.

—La verdad, no soy mucho de ese tipo de música —comentó Toñita—. Me parece que esa guerra es muy absurda.
—Mejor cambia esa música, yerno, van a pensar que somos comunistas —advirtió Alejandro.
—Que piensen lo que sea —rio Calín—. La buena música no tiene barreras ni fronteras. Pero mejor pongo este otro.

Calín colocó en el tocadiscos el sencillo de 45 RPM con la canción de Leonardo Favio, «O quizás simplemente te regale una rosa». Aunque Calín solía decir que no soportaba el estilo del cantante, reconocía que ese tema tenía algo especial, y se lo cantó bajito a Toñita. Ella sonrió, calmando el mal humor que le había causado la noticia de su padre.

Al terminar, Calín cambió el disco por uno de Leo Dan y se lo dedicó formalmente: «Mary es mi amor / Solo con ella vivo la felicidad / Yo sé que nunca a nadie más podría amar / Porque la quiero de verdad». Al finalizar la melodía, selló el momento con un beso. Alejandro se alegró de ver a su hija feliz. Minutos después, los antojos del embarazo atacaron a Toñita otra vez: quería pollo a la brasa. Sin pensarlo dos veces, Calín invitó a su esposa a la pollería de la esquina.

FANTASMAS DEL PASADO Y PROFETAS URBANOS

No muy lejos de allí, la tía Clara caminaba hacia la bodega para comprar algunos comestibles cuando se topó de frente con alguien a quien no veía hacía años. Era Kike, con su indumentaria de estilo hippie, un hombre veinte años menor que ella con quien había tenido un romance en el pasado. En el ambiente pareció resonar «Mrs. Robinson» de Simon & Garfunkel.

—Hola, Clara. ¿Cómo estás? —dijo el hombre, deteniéndose.
—Hola, Kike. Qué milagro encontrarte por aquí. Pues estoy bien. ¿Qué ha sido de tu vida?
—Pues todo bien. Sigues cada vez más hermosa, Clara.
—¡Y felizmente casada! —exclamó ella con firmeza, mostrando su anillo de bodas.
—¿Estás embarazada? —preguntó Kike, bajando la mirada hacia su vientre.
—Es mi segundo embarazo. Estamos esperando al varón —afirmó Clarita con orgullo—. Esteban y yo tenemos una niña llamada Paty.
—Debe ser preciosa, con la madre que tiene —dijo Kike con un toque de fascinación—. Bueno, me alegra que seas feliz. La verdad, lo nuestro no pudo ser por la diferencia de edad.
—Con permiso, tengo que volver a casa. Debo recibir a mi marido.
—Que seas muy feliz, Clarita.

Ambos se miraron fijamente a los ojos por última vez. Aunque en el fondo ella sintió un leve eco de lo que alguna vez fue, sabía perfectamente que había tomado la decisión correcta al construir una vida con Esteban. Dio media vuelta y regresó a su hogar.

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AGOSTO DE 1969: RUMBO A LO DESCONOCIDO

Tras la efervescencia de la revancha en el Estadio Nacional, donde el Perú aplastó 3 a 0 a Bolivia, los días corrieron como agua. La euforia en las calles de Lima no se había apagado; el reverso de la entrada donde Héctor había anotado la alineación rítmica («Rubiños, Campos, Chumpitaz...») se había convertido en un amuleto de la buena suerte que cargaba en la billetera.

Sin embargo, el verdadero reto estaba por comenzar. La selección peruana, dirigida por Didí, debía viajar a Buenos Aires para definir la clasificación en la mítica Bombonera. El ambiente en la Federación era de un optimismo cauteloso, pero en la casa de los Torres los preparativos eran tanto familiares como estratégicos.

Mónica García de Traverso, tras encontrarse con las chicas semanas atrás en el café, visitó la casona de Jesús María para llevarle unos moldes de costura a Toñita. Mónica tenía un gran parecido con la famosa actriz Natalie Wood, gracias a su cabello corto y sus ojos grandes, redondos y soñadores. Estaba casada con Tito Traverso, un contador de prestigio, y su familia había sido una de las primeras del barrio en tener televisor; Toñita recordaba ir a su casa años atrás para ver «El Llanero Solitario».

La historia de Mónica y Tito venía muy ligada al fútbol: se habían conocido en la víspera de la eliminatoria para el Mundial de Suecia 1958. Posteriormente, en las eliminatorias para Chile 1962, conocieron a Jairo, un fanático colombiano que luego se enamoró de la peruana Aurora. Al año siguiente, Jairo y Aurorita se encontraron en Santiago para alentar a la selección colombiana. En 1964 nació su hijo mayor, Larry, y en 1965, en plena matinal rockera durante un concierto de Los Saicos, nació Teresa, la mujercita. Ahora, Mónica esperaba su tercer embarazo, anhelando que fuera otra niña.

—Ay, Toñita, mi Tito anda que no duerme con el partido en Argentina —comentó Mónica, acariciando su vientre donde la pequeña Jessica crecía fuerte—. Dice que si Perú clasifica, va a pintar la fachada de la casa de blanquirroja.
—Calín está igual, Mónica —rio Toñita, acomodando los hilos de costura—. Desde que vio al hombre caminar en la Luna, dice que la fe mueve montañas. Solo espero que los nervios no me adelanten el parto.

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Mientras las mujeres conversaban sobre las máquinas de coser Singer y el destino de la selección, en el Jirón de la Unión, Mañuco el mecánico caminaba cabizbajo. Pasó frente a la botica donde Lucía, la enfermera, trabajaba a veces. El fantasma de su difunta novia, Lorena, seguía pesando en el aire, y la mirada fría que Lucía le había lanzado tras su «metida de pata» en la rockola lo tenía consumido por la culpa. Sabía que tenía que reconquistarla antes de que el avión de la selección despegara rumbo a Argentina.

Mañuco se acercó a un quiosco para comprar la revista argentina El Gráfico, la cual coleccionaba desde hacía tiempo. En ese momento, vio aparecer a Lucía.

—Hola, Mañuco. ¿Qué llevas ahí?
—Un ejemplar de la revista El Gráfico. No me la pierdo, te mantiene informado de los deportes de una manera muy imparcial y objetiva.
—Debe ser interesante. ¿Andan diciendo algo del partido de Perú?
—Que Argentina está jugando mal... pero admiten que Perú tiene un equipazo y que merecemos clasificar. Lucía... quería pedirte disculpas por lo que pasó en la rockola. No sé qué me ocurrió.
—No te preocupes, Mañuco. Sé que es difícil olvidarla, ¿verdad?
—Ella es el pasado, Lucía. Oye... ¿te parece si vamos al cine? Están dando una película excelente en el centro.
—Acepto encantada —respondió ella, suavizando la mirada.

Ambos se dirigieron al Cine Tacna para ver la aclamada «Romeo y Julieta» de Franco Zeffirelli. Mientras la romántica y trágica melodía de Nino Rota inundaba la majestuosa sala oscura, Mañuco buscó la mano de Lucía. Ella, tras dudar un segundo, entrelazó sus dedos con los de él. En la penumbra del cine, rodeados de la ficción de un amor imposible, ambos decidieron que el suyo sí merecía una oportunidad, dejando atrás los fantasmas del pasado.

CREENCIAS Y ADIVINAS: LIMA, AÑO 2026

En el departamento de Los Olivos, el café ya se había enfriado, pero nadie parecía notarlo. Inés Lorena miraba fijamente la fotografía de su tía abuela difunta, aún impresionada por el calco exacto de su propio rostro en esa imagen en blanco y negro.

—Es increíble cómo el pasado se repite —dijo Inés Lorena en un susurro—. Pero dime, Milagros, en medio de tanta muerte internacional de la que hablabas, el horror de Manson y la psicodelia... ¿la familia solo se apoyaba en el fútbol para no volverse loca?

Milagros sonrió, acomodándose en el sillón.

—El fútbol era la religión principal, claro, pero en la Lima de 1969 la gente también buscaba respuestas en las estrellas. Estaban tan ansiosos por saber si clasificaríamos al Mundial y tan asustados por las cosas raras que pasaban en el mundo, que las adivinas hacían su agosto. Tu abuela Toñita, que normalmente no creía en esas cosas, terminó metida en un consultorio esotérico por culpa de las ideas de Marilú.
—¿Una adivina? —preguntó Carlos Aurelio, haciendo memoria—. ¡Ah! Mi madre siempre hablaba de una... ¿Cómo la pronunciaba? Algo así como Fajeimer o Faching.
—Rosita Faching —corrigió Milagros con picardía—. La astróloga de la que todo el mundo hablaba en los periódicos. Y todo empezó por el bendito miedo que dejó lo de Hollywood.

LA PROFECÍA DE ROSITA FACHING: AGOSTO DE 1969

El pánico por el asesinato de la actriz Sharon Tate en los Estados Unidos no se le salía de la cabeza a Marilú. Para ella, que idealizaba el extranjero, que el mal hubiera tocado las puertas de una estrella de cine tan bella y embarazada era una señal del fin de los tiempos. Una tarde, mientras ayudaba a Toñita a doblar la ropa limpia en el patio de la casona, la tomó del brazo con urgencia.

—Toñita, te lo digo en serio, el mundo está al revés. Entre el incendio donde casi se muere Calín, tu embarazo y las vibras tan raras que hay en el ambiente, necesitamos protección. Tienes que acompañarme hoy mismo al centro de Lima.
—¿Al centro? ¿A qué, Marilú? Sabes que no puedo caminar mucho, me canso rápido.
—Vamos a ir a ver a Rosita Faching, la vidente —susurró Marilú, mirando hacia los lados para asegurarse de que Don Alejandro no las escuchara—. Dicen que lee las cartas del tarot como nadie y que predijo el viaje a la Luna. Necesitamos saber qué va a pasar con tu bebé y si este país va a salir adelante o si nos va a caer una maldición.

A pesar de sus dudas y del temor a que su padre la regañara por andar metida en «cosas del demonio», la curiosidad y la ansiedad propia del embarazo ganaron la partida. Dos horas después, envueltas en el humo de inciensos de un callejón del Jirón Carabaya, Toñita y Marilú se encontraban sentadas frente a una mujer de mirada penetrante y cargada de collares vistosos.

Rosita Faching barajó los naipes con parsimonia, fijando sus ojos cargados de delineador negro en el vientre de Toñita.

—Hay mucha sombra del pasado sobre ti, muchacha —dijo la adivina con voz ronca—. Un alma joven que se fue antes de tiempo vigila tu vientre...

Toñita contuvo el aliento, pensando de inmediato en Lorena.

—Pero no temas —continuó la vidente, volteando una carta donde brillaba un sol dorado—. Veo un llanto que pronto traerá una alegría inmensa a esta casa. Y para este suelo gris... —Rosita sonrió, tocando una carta que mostraba una torre—. Veo a unos hombres de blanco y rojo tocando la gloria con los pies. El Perú va a celebrar en grande antes de que acabe el mes.

Marilú dio un brinco en su silla, emocionada, mientras Toñita salía del consultorio apretando su medalla de la Virgen de la Evangelización, con el corazón dividido entre la superstición y la esperanza. De camino a casa, el antojo de pollo a la brasa regresó, así que Marilú la invitó a una pollería cercana. Sin embargo, al entrar, divisaron a lo lejos a Vanesa bailando alegremente con un hombre desconocido al ritmo de la pieza tropical «Que te coma el tigre». Incómodas ante la escena y para evitar un conflicto mayor, prefirieron retirarse del local en silencio sin decir una sola palabra.

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LIMA, AÑO 2026

Inés Lorena dio una palmada al aire, como si una pieza del rompecabezas hubiera encajado por fin.

—¡Claro! ¡Ya me acuerdo! —exclamó—. Mi mamá siempre decía que esa adivina se había hecho famosa porque un par de años antes, en el 67, había predicho en la radio que Madeleine Hartog iba a ganar el Miss Mundo. ¡Y la achuntó completita! Por eso en el 69 todo el mundo le creía ciegamente. Si Rosita Faching decía que Perú iba al Mundial, es porque nos íbamos a México sí o sí.

Carlos Aurelio rio, tomando un sorbo de café.

—Así era la vieja Lima, hija. Creían en la Virgen, en los temblores y en las cartas de Rosita Faching. De hecho, en esos mismos días de agosto, los secretos del amor también rondaban la casona.

LA SOMBRA EN EL JARDÍN

La predicción de Rosita Faching había dejado a Toñita con el corazón en un hilo. Eso de que «un alma joven que se fue antes de tiempo vigila tu vientre» le daba vueltas cada vez que ordenaba la casa.

Una tarde, mientras buscaba a su hermana Lucía para pedirle que le revisara la presión, Toñita caminó hacia el pequeño parque que quedaba a unas cuadras de la casona. El sol de invierno limeño caía tímidamente sobre los árboles. Fue ahí donde se detuvo en seco, ocultándose a medias detrás de un frondoso ficus.

A unos metros, sentados en una banca de madera, estaban Lucía y Mañuco. No estaban simplemente conversando. Mañuco le sostenía las manos con una ternura infinita, y Lucía lo miraba con unos ojos brillantes, llenos de una paz que le había hecho falta desde la muerte de Lorena. De pronto, Mañuco se inclinó y le dio un beso suave, correspondido con absoluta entrega.

Toñita sintió que el aire se le escapaba. Mañuco había sido el gran amor de su difunta cuñada Lorena. Verlo ahora con su hermana Lucía era un choque tremendo de emociones, pero al notar la sonrisa de Lucía, entendió que no había maldad allí, sino dos almas rotas intentando curarse mutuamente.

Sin embargo, el miedo la asaltó de inmediato: si Don Alejandro o la tía Clara se enteraban de que Lucía estaba saliendo en secreto con el «mecánico del barrio» que arrastraba el luto de la familia, la casona ardería en Troya. Don Alejandro jamás aceptaría a Mañuco, menos ahora que Don Afranio andaba cerca con sus aires de grandeza. Toñita decidió guardar el secreto, convirtiéndose en el escudo silencioso de los amantes.

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LIMA, AÑO 2026

En el apartamento de Los Olivos, el ambiente se había vuelto más íntimo. Inés Lorena miraba los recortes de periódicos amarillentos que Milagros había sacado del portafolio. Las páginas del diario El Comercio de finales de agosto de 1969 solo ponían el foco en una cosa: el viaje de la selección a Buenos Aires.

—Mi padre siempre me decía que la semana previa al 31 de agosto fue la más larga de la historia del Perú —comentó Carlos Aurelio, cruzándose de brazos—. Nadie trabajaba tranquilo. En las oficinas, en los talleres, hasta en las iglesias se rezaba por las piernas de Chumpitaz y los goles de «Cachito» Ramírez. La Bombonera daba miedo, era una caldera.
—Y en la casona de Jesús María, las calderas eran familiares —añadió Milagros con una mirada cómplice—. Don Afranio no daba tregua con sus planes de grandeza, y las mentiras piadosas para proteger a Lucía y Mañuco empezaban a agrietarse.
—Más bien, quisiera saber sobre la tía Lorena —interrumpió Inés Lorena—. Siempre nos dijeron que murió al caerse de un caballo debido a la única piedra que había en el camino. Pero quiero saber cómo vivió. ¿Por qué nadie me hablaba de ella?

Héctor Enrique suspiró. El tema familiar siempre terminaba en el mismo punto muerto. Se sabía que Lorena falleció trágicamente y que estaba enterrada en el Cementerio El Ángel junto a sus padres, pero sus gustos musicales, sus películas favoritas o sus pasiones se habían ido borrando, como si la familia hubiera preferido bloquear el doloroso recuerdo para proteger a las nuevas generaciones. Además, el antiguo cementerio se había vuelto una zona tan peligrosa con los años que ya nadie se atrevía a visitarlos.

EL MANDATO DE AFRANIO

La casona de Jesús María respiraba una calma aparente, pero por debajo corría una corriente subterránea de nervios. La selección peruana ya estaba en Buenos Aires, reconociendo la cancha de La Bombonera. En Lima, el aire se sentía espeso.

Una tarde, Don Afranio llegó sin avisar, interrumpiendo el almuerzo. Su presencia, siempre impecable con su elegante traje de saco y corbata, impuso un silencio inmediato. Se sentó a la mesa y miró fijamente a Calín, ignorando el plato de comida que Toñita le había servido con cortesía.

—Carlos, he estado moviendo mis influencias aquí en Lima —dijo Don Afranio, usando esa voz de mando que tensaba la espalda de su hijo—. Conseguí una entrevista para ti el próximo lunes en el Banco Internacional. Un puesto de oficina, limpio, con futuro. Ya conversé con el gerente. No quiero más excusas. Ese camión de bomberos te va a llevar a la tumba antes de tiempo; ya perdí a una hija y no quiero perder a otro hijo. Además, mi nieto necesita un padre con un trabajo respetable.

Calín apretó los cubiertos con los nudillos blancos. Miró a Toñita, quien bajó la mirada, atrapada entre el deseo de ver a su esposo seguro y el profundo respeto por su vocación.

Desde la puerta de la cocina, Vanesa observaba la escena. Aunque solía tener roces con Toñita por celos de atención, al ver la frustración de su cuñado sintió una profunda empatía; ella sabía perfectamente lo que era sufrir la implacable mano de Don Afranio.

Por la noche, en la intimidad de su cuarto, Vanesa abrazó a Héctor y le susurró:

—Tu padre no va a cambiar, Héctor. Pero nosotros nos mantenemos firmes. Mañana mismo voy a registrar el papeleo del bebé para cuando nazca. Se llamará Héctor Afranio. Tu padre tiene que entender que nuestra rama de la familia también vale, aunque no hagamos exactamente lo que él quiere.

EL SECRETO ENTRAPADO

Mientras tanto, el romance secreto entre Lucía y Mañuco caminaba por la cuerda floja. Toñita hacía auténticos malabares para encubrir a su hermana cada vez que salía del Hospital Loayza alegando «turnos dobles» para irse a ver al mecánico en el taller del barrio.

Sin embargo, la mentira estuvo a punto de estallar una tarde de jueves. La tía Clara caminaba de regreso del mercado cuando pasó por la esquina del taller de Mañuco. A través de la entrada llena de grasa y herramientas, divisó una silueta blanca, inconfundiblemente el uniforme de enfermera de Lucía, parada muy cerca del mecánico, riendo mientras él le limpiaba una mancha de la mejilla con un paño.

La tía Clara frunció el ceño, deteniéndose en seco. Sus ojos de guardiana de la moral familiar se entornaron con sospecha.

—¿Lucía? ¿Qué hace esa chica metida en ese muladar con el novio de la difunta Lorena? —murmuró para sí misma, indignada.

Al llegar a la casona, la tía Clara entró como un torbellino a la cocina, donde Toñita preparaba el café.

—Toñita, he visto algo rarísimo en la esquina. Tu hermana Lucía estaba en el taller de ese muchacho, el mecánico. ¿Tú sabes algo de esto? Me parece una completa falta de respeto a la memoria de Lorena, y tú sabes bien que tu padre jamás permitiría que Lucía se rebaje con un obrero.

Toñita sintió que el corazón le daba un vuelco, pero fingió total demencia, acomodándose el cabello con fingida naturalidad.

—¡Ay, tía Clara, qué cosas dices! Seguro fue a llevarle alguna receta médica o a preguntarle por el carro de los bomberos. Lucía solo vive para sus pacientes, no tiene tiempo para esas tonterías.

La tía Clara no quedó muy convencida, pero el rugido de la radio en la sala desvió por completo su atención. Don Alejandro acababa de encender el aparato a todo volumen. La transmisión deportiva desde Buenos Aires estaba comenzando, anunciando las últimas noticias de la selección. El drama familiar quedaba suspendido por el evento que iba a detener el corazón de todo un país.

CONTINUARÁ...

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