CAPITULO 6: LOS DIAS DEL TRUENO Y LA LUNA


CAPÍTULO 6: LA CALDERA DE LA BOMBONERA Y LA BÚSQUEDA DE LOS CAMPOSANTOS

LIMA, AÑO 2026

A pesar de la apasionante conversación sobre el fútbol y la vibrante Lima de 1969, Inés Lorena se sentía inquieta. Una curiosidad obstinada, casi magnética, le quemaba el pecho: necesitaba saber más sobre su difunta tía abuela Lorena, la mujer que le había heredado no solo el nombre, sino aquel rostro idéntico que la observaba desde las fotos viejas.

Su padre, Pedro Enrique, y su tío Carlos Aurelio no tenían mucha información. El paso de las décadas y el silencio autoimpuesto por la familia habían borrado los detalles.

—Solo sabemos que Mañuco era un muchacho del barrio y que estaba perdidamente enamorado de Lorena —comentó Pedro Enrique, encogiéndose de hombros.

Carlos Aurelio, dándole un sorbo a su café, frunció el ceño haciendo memoria:

—Aunque, pensándolo bien, deduzco que Mañuco no era tan amigo de los hermanos de Lorena. Una vez, hace muchos años, escuché a mi padre, Calín, referirse a él de forma muy distante. Para mi papá, Mañuco era solo «un vecino» del barrio, alguien que arreglaba carros, pero nada más. Había una barrera invisible entre ellos.

Inés Lorena guardó silencio, pero su mente ya había tomado una decisión. No se iba a quedar con las dudas.

—Voy a ir al cementerio El Ángel —anunció con firmeza.

—¡Estás loca, hija! —advirtió Pedro Enrique—. Ese cementerio está en una zona muy peligrosa ahora, ya no es como antes. No puedes ir sola.

Inés Lorena no dio su brazo a torcer. Convenció a su prima Milagros y, para mayor seguridad, llamó a un par de amigos suyos de la universidad, muchachos «achorados» del barrio, curtidos y listos para cualquier imprevisto en los alrededores de El Agustino y Barrios Altos.

El viaje al emblemático camposanto fue un choque con la realidad. Al llegar al pabellón familiar, el corazón de Inés Lorena se encogió. La tumba de la tía Lorena estaba en un estado lamentable: el mármol resquebrajado, las letras carcomidas por el polvo y el olvido de los años. Casi todos los tíos paternos de Milagros e Inés Lorena ya habían fallecido; las nueras que quedaban en la familia no tenían ningún tipo de información, y la tía Toñita se había mudado fuera del país hacía muchísimo tiempo, dejando los recuerdos a la deriva.

—No podemos dejarla así, prima —dijo Milagros, conmovida por la tristeza de la escena.

Con la ayuda de Milagros, lograron contactarse con un marmolista del lugar para cotizar una remodelación completa y gestionar el posible traslado de las lápidas que llevaban el nombre de sus ancestros a un lugar más seguro.

Antes de irse, Milagros revisó unos viejos datos que había conseguido rastreando el árbol familiar.

—Inés, Mañuco también falleció hace unos años... —soltó Milagros, mirando su teléfono—. Pero investigando en redes encontré a su hijo. Vive en un departamento antiguo en el centro de Lima. Se llama Camilo Lozano. Dicen que es un melómano empedernido, un coleccionista obsesivo de música en todo formato: vinilos, casetes, de todo. Mi tío Carlos Aurelio alguna vez mencionó que por el lado de su mamá, la abuela Toñita, había un primo lejano en el centro que andaba metido en la música; seguro es él.

Esa misma tarde, las dos primas concertaron un encuentro con el hombre. Camilo, un señor de unos cincuenta años con una mirada noble que extrañamente les resultó familiar, las recibió rodeado de estantes repletos de discos que olían a nostalgia. Aunque se mostró sumamente amable, confesó no saber mucho de la historia de la juventud de su padre en los sesenta.

—Mi viejo era muy reservado con sus años en Jesús María, chicas —les dijo, limpiando un disco de 45 RPM—. Pero sé que esa época y la casona lo marcaron para siempre. Miren, yo sé que él sufrió mucho de joven, pero no conozco los detalles de lo que pasó con la señorita Lorena. Eso sí, me comprometo a ayudarlas en lo que necesiten. Voy a revisar las cajas de cintas y diarios personales de mi padre. Si hay algo de los Torres aquí, lo vamos a encontrar.

31 DE AGOSTO DE 1969: LA PREVIA EN EL BARRIO

Mientras en el futuro Inés Lorena empezaba a escarbar en los secretos guardados, cincuenta y siete años atrás, el domingo 31 de agosto de 1969, las horas previas al partido definitivo eran una mezcla de ansiedad futbolística y tensiones contenidas en las calles de Jesús María.

En una esquina del barrio, Kike afinaba su guitarra. Rasgueaba las notas de «Mrs. Robinson» mientras recordaba su reciente encuentro con Clara; a pesar de que ella ya lucía una pronunciada barriga de embarazo, a sus ojos todavía se veía hermosa. Sus pensamientos se interrumpieron cuando vio aparecer a Marilú, una amiga del barrio. Kike suspiró al contemplar la innegable belleza de la muchacha. Ella, buscando conversación, se acercó y le preguntó si vería el encuentro deportivo.

—La verdad, no me interesa el fútbol —respondió él, desanimado.

—Oye —dijo Marilú, intentando hacerlo cambiar de opinión—, me enteré de un rumor: dicen que los Beatles se van a separar.

—Eso sería un notición, aunque no me extraña. La cosa no va muy bien entre ellos últimamente.

—¿Y tú crees que esa Yoko Ono tenga algo que ver en eso?

—No lo creo —opinó Kike—. Oye, ¿qué te parece si vamos a hacer algo?

—No sé... Todos los locales están vacíos, la gente está esperando el partido.

—Quizás podamos ir a caminar al parque. Seguro habrá algo que hacer en lugar de ver noventa minutos de fútbol.

—Me gusta la idea —sonrió Marilú—, pero he quedado con Toñita para ver el partido en la casona. Será para otro día. Aunque estás invitado si quieres venir.

—Mejor no. Lo dejamos para otro día —concluyó Kike.

Marilú y Kike se miraron fijamente a los ojos, sosteniendo un silencio cargado de promesas mudas, antes de tomar rumbos opuestos con la secreta esperanza de volverse a encontrar.

+++

A unas cuadras de allí, la tía Clara caminaba apresurada hacia la casona llevando de la mano a la pequeña Paty. De pronto, se cruzó con su otra sobrina, Lucía, quien vestía su impecable uniforme de enfermera. Lucía saludó a su tía con una distancia fría, casi cortante, aunque se ablandó un segundo para hacerle un cariñito a la niña.

—Seguro te vas a ver con ese mecánico, ¿no? —soltó Clara con tono reprobatorio.

Lucía se plantó en seco y la miró con ironía:

—Bueno, tía, tú no tienes nada que reclamarme. Toñita y yo sabemos perfectamente de tu «romance» con Kike. ¿No es así, «Mrs. Robinson»?

—¿Cómo... cómo sabes eso? —tartamudeó Clara, palideciendo de susto.

—Acá todo se sabe... Pero no te preocupes, tía, yo no te juzgo. Así que déjame en paz con Mañuco. Permiso.

Lucía retomó su paso, dejando a Clara paralizada en la vereda.

+++

Mientras tanto, Mañuco se encontraba solo en su taller mecánico. De fondo, en la radio, sonaba una melodía de Sandro, su cantante favorito, a quien siempre había soñado conocer en persona, aunque sabía que ese anhelo jamás se materializaría. Para distraerse, se puso a revisar sus viejos y preciados ejemplares de la revista argentina El Gráfico. Algunos los conseguía gracias a los marineros argentinos que conocía en el puerto del Callao y que le traían los números rezagados; otros los compraba directamente en los quioscos internacionales del centro de Lima.

Se quedó contemplando la portada que celebraba el campeonato de Racing de Avellaneda en la Copa Libertadores de 1967. Inevitablemente, el recuerdo de Lorena le inundó el pecho. Pensó en cuánto le hubiera gustado a ella vivir este día.

Mañuco sonrió con nostalgia al rememorar la tarde en que Lorena lo convenció, a punta de insistencia, para ir al Estadio Nacional a ver jugar a Universitario de Deportes, el equipo de sus amores. Él no quería ir, pues era hincha confeso de Deportivo Municipal, pero terminó cediendo solo por verla feliz. Aquella Copa del 67 había sido una locura: un grupo de semifinales de cuatro grandes donde también estaban Racing de Argentina, Colo-Colo de Chile y River Plate de Argentina. Lorena y Mañuco solo pudieron ir al partido contra Racing en Lima, pero ella sufrió cada minuto de la serie. Fueron juntos al estadio, escoltados por Kike y Calín, desafiando a sus padres, a quienes Lorena desobedecía sin culpa con tal de ver a sus cremas.

Mañuco recordaba bien el drama: la «U» tenía la oportunidad histórica de clasificar a la final si le ganaba a River Plate en Lima. Con el marcador empatado 2-2 en los minutos finales, el gran Héctor Chumpitaz se paró frente al balón para patear, pero el arquero argentino Hugo Gatti le atajó el disparo de forma increíble. Esa atajada le deparó una nueva vida a Racing de Avellaneda, forzando un partido de desempate en Chile que terminarían ganando los argentinos.

Curiosamente, Mañuco se daba cuenta de que varios nombres de aquella intensa serie de 1967 se repetirían hoy en el gramado de La Bombonera. Por el lado argentino, volverían a jugar Roberto Perfumo, el arquero Agustín Cejas y Juan Carlos Rulli. Mientras que por el lado peruano, jugarían el gran Héctor Chumpitaz, Luis Cruzado, Nicolás Fuentes y "El Niño Terrible" Roberto Challe. Todos ellos jugarían el partido de sus vidas en unos minutos.

EL PACTO DE LEALTAD EN LA COCINA

Por su parte, en la casona de Jesús María, la atmósfera en la sala se cortaba con un cuchillo. Don Alejandro fumaba un cigarrillo tras otro junto a Héctor y el tío Esteban. Toñita había querido ser cortés e invitar a su suegro, Don Afranio, incluso sugiriéndole que fuera con su segunda esposa e hijos, pero el severo hombre se había negado rotundamente.

Evadiendo la tensión de la sala, Toñita se reunió con Marilú y Vanesa en la cocina, donde se desataba un drama humano mucho más íntimo. Las tres mujeres usaban la excusa de preparar una nueva tanda de café y botes de “canchita”, palomitas de maíz. Al cerrar la puerta de madera, Toñita, sosteniendo su vientre de embarazada, miró fijamente a Vanesa.

—Vanesa... Marilú y yo fuimos a la pollería el otro día. Te vimos. Te vimos bailando muy alegre con otro hombre.

Vanesa se congeló y, dejando la bandeja sobre la mesa, rompió a llorar amargamente.

—No es lo que piensan, Toñita... Se los juro por el hijo que espero —solzó—. Ese hombre es solo un viejo amigo de mis épocas de fiesta. Lo llamé porque no podía más. ¡Me cansé, Toñita! Me cansé de los coqueteos de tu hermano. Héctor cree que no me doy cuenta, pero veo cómo mira a otras mujeres cuando salimos. Me hace sentir invisible, como si yo fuera solo un adorno embarazada mientras él sigue viviendo como un soltero. Ese baile fue una estupidez para demostrarme a mí misma que valgo algo... Pero yo aún lo quiero. Amo a Héctor, no quiero destruir mi matrimonio.

Toñita, conmovida por el llanto sincero de su concuñada, dio un paso al frente y la estrechó en un fuerte abrazo, al que Marilú se unió de inmediato.

—Tranquila, Vanesa —susurró Toñita—. Tu secreto está a salvo con nosotras. Mi hermano no sabrá nada de esto por nuestras bocas, pero tienes que hablar con él antes de que nazca el bebé.

31 DE AGOSTO DE 1969: EL PARTIDO DEL SIGLO

Pocos minutos después, Lima se convirtió oficialmente en una ciudad fantasma. Las calles quedaron desiertas y las familias se atrincheraron frente a los receptores. En la casona, Toñita, Vanesa y Marilú rodearon el aparato en la sala junto a los hombres. Toñita no paraba de acariciar su vientre, rezándole a cuanto santo recordaba.

Durante el decisivo Perú-Argentina, Marilú, con los nervios de punta, empezó a desplegar una serie de cábalas extrañas basadas en las predicciones de su adivina de confianza. Mientras los hombres le gritaban a la pantalla discutiendo la estrategia de juego de Didí, ella medía el destino del partido según "las energías" y los astros. Se escuchaba “Aquarius/ Let the Sunshine In” del grupo The 5th Dimension.

—¡Calín, por el amor de Dios, no te cruces de brazos! —exclamó Marilú, jaloneándole la camisa—. La adivina me dijo que los brazos cruzados bloquean la energía del gol. ¡Suéltate!

—¡Déjame en paz, Marilú, que no puedo ni respirar con este ataque de los argentinos! —protestó Calín, sin quitarle los ojos al televisor.

—¡Toñita, la escoba, rápido! —ordenó Marilú, ignorando a Calín.

Toñita, contagiada por el pánico, corrió a la cocina y trajo una pequeña escobita de mano. Mientras tanto, encendió una vela frente a una estampa de San Martín de Porres. Marilú agarró la escoba y comenzó a pasarla suavemente por el borde de la pantalla de vidrio del televisor, justo por donde se movían los defensas argentinos.

—¡Fuera de acá, mala vibra! ¡Sopla, San Martinicito, limpia el área de Chumpitaz! —murmuraba Marilú entre dientes, barriendo frenéticamente el aparato.

—¡Marilú, caracho, vas a tapar el tubo de la televisión y nos vamos a quedar sin ver nada! —reclamó Don Alejandro, soltando una bocanada de humo de su cigarrillo—. ¡Siéntate de una vez!

—¡No me siento nada, Don Alejandro! —replicó ella con firmeza—. Según el horóscopo, hoy los de Virgo tenemos la intuición afinada. Si dejo de barrer, nos meten gol. ¡Es física pura!

El partido fue un drama de noventa minutos. Argentina atacaba con todo, buscando el gol que los metiera al Mundial, pero la zaga peruana resistía con heroísmo. En el segundo tiempo, la historia cambió para siempre. En el minuto 25, un pase en profundidad dejó solo a Oswaldo «Cachito» Ramírez, quien corrió como un demonio y definió cruzado ante la salida del arquero Cejas.

—¡¡¡GOOOOOL DE PERÚ, CARAJO!!! —gritaba la voz desencajada de Calín desde la sala, unida en un solo rugido con Don Alejandro que sacudió los cimientos de la casa. Marilú casi rompe la televisión de un escobazo de la emoción.

Argentina empató de penal, pero «Cachito», tocado por la varita de los dioses, volvió a aparecer minutos después tras un error de la defensa albiceleste para poner el 2-1 con una frialdad mítica. El posterior empate argentino 2-2 solo le puso más agonía al final. Cuando el árbitro chileno Díaz —para inmenso alivio del tío Esteban— tocó el pitazo final, el milagro se había consumado: ¡Perú clasificaba al Mundial de México 70 por mérito propio, eliminando a Argentina en su propia casa!

Héctor abrazó a Vanesa con una fuerza inusual, presintiendo que algo en el silencio de su habitación debía cambiar entre ellos para siempre.

EL GRITO DEL CALLAO Y EL ADIÓS AL CAMPEÓN

Lima explotó en una fiesta que la ciudad jamás había visto. La gente salió a las calles a abrazarse, a llorar y a saltar sobre los techos de los carros.

En medio de la locura y los festejos, Lucía y Mañuco, quienes no pudieron llegar a la casona en Jesús María antes del final, tuvieron que subir de emergencia a una ambulancia rumbo a un callejón humilde cerca del puerto del Callao. No era otra cosa que un parto de urgencia que no podía esperar el traslado al hospital.

En una habitación pequeña, decorada con un póster recortado de la selección, una mujer gritaba de dolor y alegría al mismo tiempo. Era la esposa de uno de los hermanos de Percy «Trucha» Rojas, el joven delantero suplente que en ese mismo instante celebraba eufórico en los camerinos de La Bombonera.

Lucía, con las manos temblorosas por la adrenalina del partido y la mística del momento, ayudó a traer al mundo a un robusto niño chalaco justo cuando los vecinos reventaban cohetes en la calle gritando: «¡Viva el Perú!».

—¡Es un campeón, nació con el Mundial bajo el brazo! —gritó el hermano del «Trucha», llorando de emoción mientras abrazaba a Mañuco.

+++

Mientras tanto, de vuelta en la casona de Jesús María, Don Alejandro y el tío Esteban se abrazaban con los ojos llorosos. En medio de la algarabía por la clasificación del equipo peruano de fútbol al mundial, Alejandro y el tío Esteban reflexionaban sobre la pérdida de Rocky Marciano; la leyenda invicta del boxeo había muerto trágicamente en un accidente de avión.

El contraste golpeó el corazón de la casona. El mundo cambiaba de piel: la leyenda del boxeo se apagaba para siempre en el norte, al mismo tiempo que una nueva generación de gloria peruana nacía en el sur y un niño humilde lloraba su primer respiro en un callejón del Callao.

CONTINUARÁ...

Comentarios