CAPÍTULO 8: EL MEJOR AÑO DE NUESTRAS VIDAS
LIMA, AÑO 2026
En el apartamento de Los Olivos, la tarde ya se había convertido en una noche estrellada. Milagros cerró despacio el álbum de fotos familiar, sintiendo el peso hermoso de los recuerdos. Inés Lorena miraba por la ventana las luces de la Lima moderna, asimilando por fin el tejido de nombres y rostros que la habían traído hasta aquí.
—Es asombroso —dijo Inés Lorena, quebrando el silencio—. 1969 empezó con el hombre soñando con la Luna y terminó con la familia Torres multiplicándose en la Tierra. Al final, los bebés nacieron en momentos distintos, ¿verdad?
—Así es, hija —intervino Pedro Enrique, acomodándose los lentes—. El fin de año de 1969 fue una verdadera carrera de cigüeñas en la casona de Jesús María. Octubre y diciembre se convirtieron en los meses más bendecidos de nuestra historia, y las diferencias familiares terminaron por disolverse entre pañales y biberones. Primero nací yo, el 12 de octubre, con la ayuda de la tía Zunta, la partera de la casa.
—Y apenas tres días después nacería mi compadre Mike, el hijo de mi tía abuela Clara —añadió Carlos Aurelio.
—¿Y qué es de la vida de mi padrino Mike? —preguntó Milagros con curiosidad.
—Él sigue viviendo en Santiago de Chile —explicó Carlos Aurelio—, junto a su esposa y sus cuatro hijos. Uno de ellos es mi ahijado, así que con Mike somos doblemente compadres.
Milagros sonrió, contemplando la ramificación del árbol genealógico.
—Si hablamos de fechas y de puntería en ese año 1969, la historia de los Torres no es la única con sorpresas —comentó Pedro Enrique con una sonrisa—. ¿Te acuerdas de los señores Restrepo, los amigos colombianos que los tíos Calín y Toñita conocieron a mediados de los ochenta?
—¿Los de Medellín? Sí, claro —respondió Inés Lorena—. La tía Toñita siempre decía que eran como sus hermanos carnales.
—Bueno, ellos nos contaron años después que mientras el Perú entero andaba rezando por la clasificación a finales de agosto y septiembre del 69, ellos en Colombia estaban viviendo su propio milagro de calendario. Resulta que la esposa tuvo a su tercer hijo en septiembre de 1969, exactamente el mismo día en que, justo un año antes, había nacido su segunda hija. ¡Nacieron el mismo día, con un año de diferencia! Una puntería matemática impresionante.
—Qué curioso... Justo en septiembre —comentó Milagros, fascinada por el dato—. Tengo entendido que por esa época en Colombia se consolidó la tradición de pasar el Día del Amor y la Amistad a septiembre porque ese mes las ventas de los negocios bajaban. En Lima nadie sabía eso en el 69, pero mira cómo son las cosas: esa pareja colombiana, a la que el destino uniría con los Torres décadas después, estaba celebrando el amor, la amistad y la vida con una precisión milimétrica en el mismo mes.
—El mundo es un pañuelo —concluyó Inés Lorena, anotando el detalle en su libreta—. Definitivamente, 1969 fue el año en que los bebés decidieron llegar al mundo con el libreto en mano. Pero aún falta el nacimiento más esperado de la casona...
—El de mi abuela Toñita —añadió Milagros con una sonrisa de orgullo.
—Antes de eso hubo otro nacimiento clave que sanó las heridas de la familia —aclaró Pedro Enrique, haciendo una pausa nostálgica.
SEPTIEMBRE DE 1969: EL LLANTO QUE UNIÓ LA SANGRE
La fiebre de la clasificación se mantiene latente en las calles, pero en el hogar de don Afranio la atención se desvió de golpe hacia la clínica. Elena, su segunda esposa, entró en labor de parto a mediados de septiembre para dar a luz al tercer hijo del matrimonio: una hermosa niña.
Los dos hijos pequeños de Elena esperaban en el pasillo, cohibidos, silenciosos y distantes, sintiendo el peso invisible de ser considerados "los hijos de la segunda esposa". Sin embargo, la casona de Jesús María guardaba una reserva de nobleza. Convencidos por Toñita de que era momento de romper las barreras del pasado, Calín y Héctor llegaron a la clínica decididos a conocer a sus nuevos hermanos. Al ver a los pequeños tan desamparados en las bancas grises, Héctor se sentó a su lado y les convidó unos chocolates, mientras Calín los despeinaba con cariño, rompiendo el hielo al instante.
Cuando don Afranio salió de la sala de partos cargando a la recién nacida, se detuvo en seco. La escena lo desarmó: sus hijos mayores estaban abrazados con los menores, riendo juntos y compartiendo el bloque de dulces. El nacimiento de la pequeña sensibilizó las fibras más duras de la familia; los celos y las distancias se esfumaron en ese pasillo de hospital. Don Afranio entendió finalmente que la sangre no se divide, sino que se multiplica, y miró a Héctor y a Calín con una gratitud profunda que jamás había sido capaz de expresar con palabras.
NOVIEMBRE DE 1969: UN ENCUENTRO DE TELENOVELA
A finales de noviembre, Toñita ya lucía una imponente barriga de casi nueve meses. Caminaba despacio por los históricos portales de la Plaza San Martín acompañada de Marilú, quien insistía en sacarla a pasear para distraerla de los achaques y antojos del tramo final. Mientras caminaban, Marilú le comentaba entusiasmada sobre su reciente compromiso con Kike, quien ya se desempeñaba orgullosamente como bombero voluntario. Toñita, feliz, la felicitó de corazón.
De pronto, Marilú dio un chillido de emoción y jaló a Toñita del brazo hacia la entrada de un conocido café de la época.
—¡Toñita, no lo puedo creer! Mira quién está ahí. ¡Es ella!
Sentada en una mesa, tomando el té con una elegancia absoluta, se encontraba la destacada actriz peruana Herta Cárdenas, la recordada esposa del gran actor Carlos Gassols. Doña Herta, al notar la mirada de las jóvenes y, sobre todo, la prominente silueta de Toñita, les dedicó una de sus sonrisas más dulces y manteladoras. Pero Herta no estaba sola; la acompañaba doña Mónica García de Traverso, quien cargaba en brazos a Jessica, su hija recién nacida.
—Buenas tardes, jovencitas. Pasen, por favor, no se queden ahí paradas que a la mamita le puede hacer daño el frío —dijo Herta con esa voz angelical que la caracterizaba en las pantallas y las tablas teatrales.
Marilú, haciendo gala de su habitual soltura, se sentó de inmediato y presentó a Toñita como una fiel admiradora del teatro y las telenovelas. Toñita, algo sonrojada, se acomodó el vestido y saludó con ternura a la pequeña Jessica.
—Es una linda niña, señora Mónica —dijo Toñita con dulzura.
—Gracias —respondió Mónica con una sonrisa resignada—. Aunque Tito, mi esposo, ya insiste en viajar a México el próximo año para ver a Perú en el Mundial, a pesar de que la niña estará muy bebita.
—Bueno, es que la niña está muy pequeña para un viaje tan largo, pero así es el fanatismo del fútbol, ¿no? —comentó Marilú risueña.
—Qué bendición tan grande, hija —intervino Herta Cárdenas, acariciando con delicadeza la mano de Toñita—. Yo también estoy en una dulce espera... Aguardo con mucha ilusión a mi niña. Los hijos son el regalo más hermoso que la vida nos da para mirar el futuro con esperanza. Cuídate mucho, que este fin de año va a ser inolvidable para todo el Perú.
Toñita salió de ese encuentro sintiéndose en las nubes. Ver a la bebé de Mónica y conocer a la esposa de Carlos Gassols le pareció el augurio perfecto de que su propio parto sería un éxito. Esa misma noche, le añadió una posdata feliz a la última carta que le envió a su suegra Mirta a los Estados Unidos.
DICIEMBRE DE 1969: EL REGALO DE CUMPLEAÑOS Y LA REDENCIÓN EN EL PASILLO
El 12 de diciembre, el calor del verano ya se sentía con fuerza en la capital. Era el cumpleaños de Héctor, y la familia se había reunido en el gran comedor de la casona para cantarle alrededor de una torta casera. Don Alejandro llegó acompañado de doña Etelvina —aunque el destino terminaría por desgastar la relación y llevarlos tiempo después por rumbos separados—. Ajeno a los futuros desencuentros, Alejandro conversaba alegremente con el tío Esteban sobre las glorias de Alianza Lima, mientras Mañuco —quien ya entraba a la casa con paso firme gracias al apoyo silencioso y la aceptación de la familia— ayudaba a Lucía a servir los refrescos.
En medio del canto, Toñita sintió una punzada aguda que le cortó la respiración. Dejó caer el vaso y se aferró fuertemente al brazo de su esposo.
—¡Calín... ya viene! —susurró con los ojos muy abiertos—. El bebé quiere saludar a su tío Héctor.
El alboroto fue inmediato. Héctor dejó su rebanada de torta de lado y ayudó a Calín a subir a Toñita al auto rumbo a la clínica. Horas más tarde, en la tranquilidad de la sala de partos, nació el primogénito de la pareja: el pequeño Carlos Aurelio Torres.
Don Afranio y Don Alejandro se encontraron en el pasillo de la clínica. El elegante cuzqueño y el humilde relojero de barrio se miraron con profunda emoción. Sus nombres, sus legados y sus historias quedaban unidos para siempre en ese niño. Tras ese cruce de miradas, el pasillo quedó en silencio. Calín salió un momento de la habitación de Toñita para tomar aire, con las emociones a flor de piel. Al ver a su padre allí de pie, impecable pero con los ojos inusualmente brillosos, se detuvo de golpe.
Don Afranio miró a su hijo mayor, no con la severidad del hombre de negocios que siempre exigía títulos y apellidos, sino con la mirada pura de un padre que ve a su niño convertirse en hombre. Se acercó despacio y, por primera vez en muchos años, rompió la distancia recta que los separaba para darle un abrazo cerrado, de esos que huelen a perdón y a orgullo silencioso.
—Has construido tu propio camino, hijo —le susurró don Afranio al oído, con la voz ligeramente quebrada—. Y es un buen camino. Tu madre estaría tan orgullosa de ver el hombre en el que te has convertido... y yo también lo estoy.
Calín sintió un nudo tremendo en la garganta. Ese reconocimiento, ganado a pulso con su trabajo en la fábrica y sus amanecidas de estudio, valía más que cualquier fortuna o imposición del pasado. Apretó el abrazo de su padre, sintiendo cómo las últimas costuras de los viejos rencores se disolvían en ese pasillo gris.
—Gracias, papá —alcanzó a decir Calín, llamándolo así, "papá", una palabra que hacía mucho tiempo no pronunciaba con tanta calidez—. Entra a conocer a tu nieto, se parece a ti cuando sonríe.
A través de la ventana de la clínica, la luna de diciembre brillaba con una fuerza descomunal sobre Lima. La vieja profecía de Rosita Faching se había cumplido con creces: el llanto del bebé traía la paz definitiva a la casona de Jesús María. 1969 se despedía dejando al Perú clasificado al Mundial, con un mecánico ganándose el derecho a amar a Lucía en libertad, con una tía Clara radiante, con Vanesa abrazada por su suegro, y con una familia que había aprendido que, para tocar el cielo, no hacía falta viajar en un cohete a la Luna; bastaba con mirarse a los ojos y resistir juntos.
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Pocos días después, las puertas de la casona se presentaron abiertas de par en par para recibir una sorpresa que hizo llorar a Calín: Mirta, su madre, había tomado un avión desde los Estados Unidos solo para conocer a sus nietos y pasar la Navidad en su vieja tierra. En broma, ella decía entre risas que su viaje no era solo por los bebés, sino porque no podía perderse por nada del mundo el gran final de la telenovela Simplemente María.
La sala se convirtió en un festival de reencuentros, sazonado por las clásicas discusiones familiares: Mamá Mirta insistía firmemente en que el niño se parecía a su lado de la familia, mientras don Alejandro replicaba con picardía que el bebé era el vivo retrato de él. Por el lado de Toñita, sus hermanos correteaban ayudando a armar el nacimiento; por el lado de Calín, sus hermanos compartían anécdotas con Héctor y los medios hermanos menores, ya totalmente integrados como un solo puño.
A la celebración también se sumó el querido tío Romualdo, el profesor, junto con su esposa. Con gran nostalgia, recordaron ante los presentes los inicios de su tierno romance de juventud: él, desempeñándose como el administrador de las salas de cine, y ella como la dulce señorita de la taquilla. Toñita y Lucía se llenaron de alegría al abrazar a su tío más querido.
En medio de la celebración navideña, llegó un personaje entrañable: un leal y viejo amigo de Calín que acababa de mudarse desde Arequipa junto a su esposa. Con su dejo mistiano bien marcado y una clásica caja de chocolates La Ibérica bajo el brazo, el arequipeño se ganó de inmediato el afecto de don Alejandro y del tío Esteban, quienes ya lo esperaban con un par de cervezas bien heladas.
Con el olor a colonia de bebé flotando en el aire, Calín tomó de la mano a su gran amigo del sur y, frente a los ojos conmovidos de Mamá Mirta, le hizo la propuesta de honor:
—Hermano, has venido desde Arequipa justo a tiempo. Quiero que tú y tu esposa sean los padrinos de Carlos Aurelio.
El arequipeño, emocionado hasta las lágrimas, aceptó con un fuerte abrazo characato, sellando un pacto de compadrazgo que duraría toda la vida. 1969 se despedía dejando el corazón lleno.
EL MILAGRO DE LOS HELADOS Y LOS RECUERDOS EN LA ESQUINA
Días después, Toñita paseaba plácidamente al bebé en su cochecito cuando, al llegar a la esquina, se encontró con sus hermanos menores: Alejandro Jr., de 17 años, y José, de 15. Los muchachos se acercaron de inmediato a hacerle mimos y cariños a su pequeño sobrino de apenas unas semanas de nacido. Fue en ese momento cuando Alejandro Jr. se puso contemplativo y miró a su hermana mayor.
—Hermana... —dijo Alejandro Jr. con un hilo de nostalgia—. Cómo ha pasado el tiempo. Aquí estás, rozagante de salud, con un bebé hermoso y un buen esposo a tu lado.
—Así es, hermano, soy una mujer muy afortunada —respondió Toñita con una sonrisa mansa—. Y lo mejor es que papá ha cambiado bastante. Ahora se le ve mucho más responsable con la llegada de su primer nieto.
—Es increíble —asintió Alejandro Jr.—. Pensar, hermana, que tuvimos una infancia tan difícil... En la extrema pobreza, con un padre que andaba ausente, y encima soportar la muerte de nuestra madre siendo tan chicos. ¿Te acuerdas de esa vez que una mujer muy elegante se nos acercó en la calle para comprarnos dos helados?
—Sí, claro que me acuerdo —suspiró Toñita, con los ojos brillando por el recuerdo—. No teníamos dinero ni para comprarnos zapatos, y esa señora, de la nada, se nos acercó para alegrarnos el día con esos helados. ¿Qué habrá sido de esa mujer? Nunca la volvimos a ver.
—¡Ya han contado esa anécdota como mil veces! —exclamó José, el menor, soltando una risotada para romper el dramatismo.
—No seas así, José —rio Toñita, dándole un empujoncito cariñoso—. Acuérdate de que yo también le pedí a la señora que te comprara un helado a ti, pero como eras chiquito y nos tardamos, llegando a la casa... ¡se derritió por completo!
En ese preciso instante, apareció Marilú doblando la esquina, alegre como siempre y tarareando la tonada de «Tu nombre me sabe a yerba» de Joan Manuel Serrat. Toñita aprovechó para presentarle a sus hermanos menores, mientras Marilú, con su habitual coquetería, les hacía gestos simpáticos a los muchachos antes de inclinarse sobre el cochecito.
—¿Cómo estás, precioso? ¡Agugu, tata! —le decía Marilú al bebé, haciéndole cosquillas. Luego se incorporó—. Hola, Toñita. ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Cómo está mi Kike?
—Muy bien, Marilú. Cada vez se le ve más maduro y responsable en su labor como bombero voluntario.
—Ay, sí. Cada día lo quiero más, ya tengo decidido que me voy a casar con él —confesó Marilú con un suspiro enamorado—. Oigan, a que no saben lo que encontré ordenando mis cosas: una foto antigua junto a mi tía Margarita. ¿A poco nunca les había hablado de ella?
—No, creo que nunca tuvimos la oportunidad de conocerla —respondió Toñita.
Marilú sacó de su cartera una fotografía gastada en la que aparecía ella de niña al lado de una distinguida dama. Al mirar el papel, Toñita y Alejandro Jr. se quedaron mudos, contemplándose el uno al otro con el corazón en un hilo. ¡Era la misma señora elegante que les había regalado los helados en su infancia floja de recursos! Marilú les explicó con nostalgia que su tía había fallecido hacía algunos años, pero que siempre dejó el recuerdo de ser una persona de una generosidad inmensa.—De verdad que era una gran mujer... Una santa —dijo Toñita, profundamente conmovida, dándole un fuerte y sincero abrazo a Marilú.
En ese momento de emoción, el destino pareció redondear la escena: se escuchó a lo lejos la clásica corneta de un heladero ambulante que venía pregonando su mercadería por la cuadra: «¡Helados de lúcuma... de fresa... helado Imperial! ¡Cómpreme, caserita, por favor, que quema el sol!».
Marilú, con esa chispa que la caracterizaba, detuvo el triciclo y compró helados para todos. Aunque Toñita y sus hermanos sintieron algo de vergüenza por aceptar el gasto, Marilú insiste con terquedad. Los tres hermanos y su amiga terminaron saboreando los helados bajo el sol de Jesús María junto al cochecito. En un descuido lleno de risas, el tío José intentó invitarle un poquito de helado al tierno Carlos Aurelio, pero solo consiguió rozarle la mejilla con la crema, desatando las carcajadas de todo el grupo.
CICATRICES Y REDENCIONES: EL CAMINO DE ALEJANDRO
Por otra parte, Alejandro caminaba unas cuadras más allá llevando una hermosa caja de regalos bien envuelta. En el trayecto, divisó a su hermana Clara, quien venía empujando la carriola del pequeño Miguel Esteban en compañía de la pequeña Paty. Alejandro se acercó con paso cambiado para saludar afectuosamente a sus sobrinos.
—Hermano... —lo llamó la tía Clara, mirando con extrañeza el paquete—. ¿Y ese regalo tan grande?
—Es para mi nieto Carlitos —respondió Alejandro, acomodándose la solapa del saco con cierto orgullo.
—¿Un regalo tuyo? ¿Y desde cuándo te has vuelto tan detallista con tu descendencia? —preguntó Clara con una pizca de ironía.
—Desde el día en que nació ese niño sentí una sensación extraña aquí adentro, Clara... Soy otro hombre, de verdad.
—Definitivamente lo eres. Pensar que en el pasado casi nunca te preocupaste verdaderamente por tus propios hijos...
—Es que pasé por un momento muy oscuro y extraño en mi vida, hermana. Primero murió el gran amor de mi vida, mi esposa, y casi de inmediato fallecieron nuestros padres... Me quedé sin piso.
Clara suavizó el rostro, conteniendo la emoción.
—Snif... Nuestros padres... Yo también siento su ausencia todos los días, hermano.
—Por eso mismo he decidido cambiar —continuó Alejandro con firmeza—. Hasta he dejado por completo el cigarrillo, porque sé perfectamente que ese humo le hace daño al bebé. Bueno, te dejo, Clara, dale mis saludos a Esteban.
—Nos vemos, hermano. Cuídate.
Clara y Alejandro tomaron rumbos opuestos. Minutos después, el viejo relojero se reencontró en la esquina con sus hijos Toñita, Alejandro Jr. y José. Con una sonrisa torpe pero cargada de un amor nuevo, Alejandro se agachó hacia el cochecito para hacerle mimos a su nieto Carlitos; sin embargo, sus toscas manos de trabajador terminaron por asustar al bebé, poniéndolo a llorar a todo pulmón, lo que provocó las tiernas risas de sus hijos al ver al rudo padre disculpándose con el recién nacido.
Con los meses, el rumbo de la familia se consolidó. Calín continuó asistiendo con disciplina a su empleo en la fábrica de llantas. Poco a poco, gracias a su extraordinario desempeño, su puntualidad y su liderazgo innato, fue escalando posiciones en la empresa hasta llegar, con los años, a ocupar el prestigioso cargo de Gerente General. El esfuerzo laboral no le impidió culminar sus metas personales: con el apoyo incondicional, los desvelos y el aliento infaltable de su amada Toñita, Calín logró graduarse con honores como Contador Público en la Pontificia Universidad Católica del Perú. El futuro que Don Afranio quería comprarle con influencias, Calín lo había conquistado a pulso.
EL ABRAZO DE DON AFRANIO
Tras el encuentro de miradas en el pasillo entre don Afranio y don Alejandro, el elegante don Afranio esperó a que el pasillo quedara en silencio. Calín salió un momento de la habitación de Toñita para respirar, con la emoción todavía a flor de piel. Al ver a su padre ahí de pie, impecable pero con los ojos inusualmente brillosos, se detuvo.
—Afranio miró a su hijo mayor, no con la severidad del hombre de negocios que siempre exigía títulos y apellidos, sino con la mirada del padre que ve a su niño convertirse en hombre. Se acercó despacio y, por primera vez en muchos años, rompió la distancia recta que los separaba para darle un abrazo cerrado, de esos que huelen a perdón y a orgullo silencioso.
—Has construido tu propio camino, hijo —le susurró don Afranio al oído, con la voz ligeramente quebrada—. Y es un buen camino. Tu madre estaría tan orgullosa de ver el hombre en el que te has convertido... y yo también lo estoy.
Calín sintió un nudo en la garganta. Ese reconocimiento, ganado a pulso con su trabajo en la fábrica y sus amanecidas de estudio, valía más que cualquier herencia. Apretó el abrazo de su padre, sintiendo cómo los viejos rencores se disolvían en ese pasillo.
—Gracias, papá —alcanzó a decir Calín, llamándolo así, "papá", una palabra que hacía tiempo no pronunciaba con tanta calidez—. Entra a conocer a tu nieto, se parece a ti cuando sonríe.
LIMA, AÑO 2026: EL HALLAZGO DE LA PORTADA HISTÓRICA
En el apartamento de Los Olivos, Inés Lorena se levantó del sillón y caminó hacia el espejo de la sala. Se miró fijamente, reconociendo en sus propias facciones la herencia de la difunta tía Lorena, pero también el coraje de Toñita y la astucia de su propia abuela, Vanesa. Se giró hacia su padre, Pedro Enrique, y su prima Milagros.
—Gracias —dijo Inés Lorena, con una sonrisa llena de paz—. Ahora entiendo quién soy. No somos solo nombres en un papel o fotos en un álbum viejo. Somos el gol de Perico León, el chupe de camarones de la abuela, el uniforme de los bomberos y la fe de que, por más gris que esté el cielo de Lima, siempre nos vamos a levantar para ganar el partido.
En ese instante, el teléfono de Milagros vibró. Era un mensaje de texto de Camilo Lozano, el hijo de Mañuco, quien les avisaba que tenía preparada una sorpresa en su departamento del centro de Lima. Las primas, acompañadas por Carlos Aurelio y Pedro Enrique, no dudaron en acudir al encuentro.
Al llegar, Camilo regresó de su habitación cargando una caja de madera gastada que olía a papel antiguo. Las chicas contuvieron el aliento mientras él la colocaba con cuidado sobre la mesa, apartando un par de vinilos de colección.
—Mi viejo guardaba esto como si fuera oro —dijo Camilo con una sonrisa—. Muchas cosas se perdieron en las mudanzas, pero logré conservar este paquete intacto. Él era un apasionado de las historias de la época.
Camilo metió la mano y extrajo con delicadeza un ejemplar original de la mítica revista argentina El Gráfico, fechada en septiembre de 1969. La portada, un tanto amarillenta por las décadas pero perfectamente legible, retrataba el drama de la eliminación de Argentina en la caldera de La Bombonera. Ver ese pedazo de historia en manos del hijo de Mañuco hizo que Inés Lorena se sintiera más cerca que nunca de los días de gloria de la casona. Sabía que esa caja la estaba guiando, página a página, a descubrir el lazo indisoluble de su familia.
Camilo Lozano sonrió ante la fascinación de las chicas y sacó un vinilo de 45 RPM con el sello CBS.
—Todos los que no conocieron a la señorita Lorena piensan que su historia debe recordarse con lágrimas —dijo Camilo, colocando con cuidado la aguja sobre el disco—. En cambio, mi viejo siempre me decía que ella odiaba la tristeza. Por eso guardaba esta canción.
De pronto, los altavoces no reventaron con un lamento, sino con el ritmo contagioso de una guitarra acústica y la voz potente de Sandro interpretando «Una muchacha y una guitarra». Cuando llegó la frase: «No quiero que me lloren cuando me vaya a la eternidad, quiero una muchacha flaca que me acompañe a cantar...», Inés Lorena sintió un escalofrío hermoso. Comprendió que su tía abuela no quería que su memoria se convirtiera en un mausoleo de silencio. Quería que la recordaran así: libre, viva y cantando.
Aprovechando la reunión, Carlos Aurelio abrazó a su primo Camilo, haciéndole bromas y llamándolo por su viejo apodo de la infancia: “Huevoduro”, en referencia al personaje del cómic Condorito. La conversación se llenó de música y recuerdos de juventud. Hablaron sobre los clásicos de la música y sus remakes; Camilo bromeó sobre algunas versiones que consideraba "desastrosas", mencionando el famoso cover de «Venus» por Bananarama.
—¿Desastroso? ¡A mí me encantaban las Bananarama! —reclamó entre risas la esposa de Carlos Aurelio, mientras este admitía con picardía que a él le gustaban, pero "físicamente", las integrantes del grupo. Camilo, por su parte, defendió el excelente cover de «Dear Prudence» realizado por Siouxsie and the Banshees.
Conversaron sobre cómo todos los que nacieron o crecieron en las décadas posteriores guardaban una pizca de esos días idílicos gracias a la nostalgia de la serie Los Años Maravillosos, reviviendo la época a través del eterno romance estudiantil de Kevin Arnold y Winnie Cooper.
Finalmente, entre risas, los primos recordaron el último y más divertido legado del abuelo Alejandro: verlo ya anciano, intentando seguir el ritmo y bailando reguetón con los nietos en la sala, poco antes de fallecer en junio de 2018, apenas unas semanas antes de ver el histórico regreso del equipo peruano de fútbol a una Copa del Mundo en Rusia.
Inés Lorena miró a su padre Pedro Enrique y a su prima Milagros, cerrando su libreta con una sonrisa llena de profunda paz.
—Ahora todo tiene sentido —concluyó—. Somos una hermosa mezcla de Lima, el Cuzco, Chile, el Callao y Arequipa. Un verdadero mundial de amor.
Y mientras la noche de Lima continuaba su curso en el 2026, la música siguió sonando en el viejo tocadiscos, transitando desde la melancolía de «La vida es igual» de Los Bríos, hasta el ritmo optimista y eterno de «Ob-La-Di, Ob-La-Da» de The Beatles... Porque, al final, la vida continúa.
FIN



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