Nota sobre el tío Héctor: El alma de la jarana y la noche
El tío Héctor es, sin duda, el encargado de ponerle humor y picardía a la memoria familiar. Inspirado en uno de mis tíos más queridos, Héctor encarna al hombre coqueto, bromista indomable y mujeriego de vieja escuela, capaz de soltar un chiste de la nada y cambiarle el temperamento a toda una habitación. En la realidad, su vida amorosa tuvo dos grandes actos: un primer matrimonio del cual nacieron los dos hijos que retrato en la historia, y un segundo compromiso años después, que trajo al mundo a una hija —que heredó el asombroso parecido físico de nuestra tía fallecida— y a un hijo que mantiene intacto el carisma arrollador de su padre.
Héctor (el nombre ha sido cambiado) era ese tío regalón que convertía cualquier salida en una aventura inolvidable. Nos invitaba a paseos familiares que a menudo terminaban recorriendo la mística y nocturna avenida Arequipa, un escenario donde su personalidad juguetona buscaba la provocación y el canje de bromas con los personajes más pintorescos de la noche limeña. Lejos de cualquier malicia, era un juego de picardía criolla. De hecho, la verdadera esencia de su carisma quedó grabada el día en que, paseando con mi madre y una señora sumamente conservadora, uno de los conocidos personajes trans de la avenida le gritó con total desparpajo. Esa velocidad para el retruque y la risa define perfectamente el mundo libre y jaranero en el que Héctor elegía vivir.
Inés Lorena: El espejo del carisma perdido
Dicen que el carácter no se destruye, sino que se hereda, y en nuestra familia esa regla se cumple con precisión. La tía que partió joven compartía, según los recuerdos borrosos, ese mismo espíritu libre, burlón y carismático que definió al tío Héctor. Escogí el nombre de Lorena porque me ha acompañado de manera recurrente en mis ficciones más recientes; pero, quizás, sea una forma de invocar un eco que nunca pude escuchar del todo.
De ella, el tiempo me dejó pocas certezas: apenas la trágica historia de su accidente montando a caballo y aquel retrato que durante años colgó en la sala de la casa, antes de ser retirado para cederle el espacio a la fotografía de una prima. Al no saber cómo vivió, me asalta la hermosa sospecha de que, si era como Héctor (el nombre es cambiado), debió ser alguien que devoraba la vida minuto a minuto, sin frenos. Por eso nació en mi mente la trama de Inés Lorena y su búsqueda por conocer a su tía abuela difunta. Esa búsqueda ficcional no es más que el reflejo de mis propias ganas como autor: el deseo humano de estirar la mano hacia el pasado, de hacer preguntas a quienes ya no están y de reconstruir los pedazos de una mujer que merecía ser recordada, y cuyo recuerdo hoy custodio a través de la literatura.


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