En este mosaico de memorias que he trazado, el tío Esteban ocupa un lugar fundamental. Él es, en mi relato, la síntesis de dos figuras que marcaron la vida de mi tía Clara: el primer esposo y padre biológico de sus hijos, cuya presencia se diluyó en mi infancia tras su temprana partida; y ese segundo padre de crianza, un hombre de una nobleza inmensa, capaz de asumir con entrega absoluta la vida de tres niños que no engendró, pero que amó como propios.
Esteban es, sobre todo, pasión pura. Es el corazón dividido entre la garra del "Magallanes" chileno y el sentimiento blanquiazul del "Alianza Lima". Pero si algo define al tío Esteban, es su sabiduría intuitiva y esa conexión inexplicable con el pasado. Recuerdo bien cuando me confió aquel sueño recurrente: una imagen constante de un tren descarrilándose, un enigma que solo se resolvió años después, al descubrir que, siendo apenas un bebé, su familia sobrevivió a un accidente ferroviario.
Esa revelación me ha perseguido siempre. Me ha hecho comprender que no necesitamos vivir un tiempo de forma consciente para que sus traumas y ecos reverberen en nuestro interior. Quizás por eso, cuando escucho una canción de aquellos años o me dejo llevar por una película de la época, experimento un déjà vu inexplicable. Es como si el subconsciente generacional viajara por vías que no recordamos haber transitado, pero que, sin saberlo, llevamos grabadas en el alma. El tío Esteban, con su historia, es el recordatorio de que somos, en esencia, la suma de todo lo que nos precedió.

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