Toñita y Calín: Un homenaje a mis padres
Aunque Toñita vive hoy en la ficción como mi actriz virtual, su esencia —y la de Calín, su contraparte en estas historias— brotan directamente de la vida de mis padres.
Toñita, en su versión real, fue una mujer de un temple inquebrantable, capaz de una lealtad absoluta hacia la familia de su esposo, aunque no estuviera exenta de esos celos protectores que la llevaban a cuidar de los suyos con una intensidad fascinante. Su hogar siempre estuvo marcado por el aroma de la cocina peruana, la nostalgia de las baladas románticas de siempre y la inmersión total en sus telenovelas.
Calín, por su parte, trajo a nuestra historia una mirada del mundo forjada entre los libros y la disciplina de una escuela militar. De él heredé el conocimiento de la música de protesta de Víctor Jara y Quilapayún, el gusto por la jarana criolla y esa capacidad crítica para analizar conflictos lejanos —como Vietnam o Corea— con la misma frialdad y rigor con la que analizaba una película bélica sobre la Segunda Guerra Mundial.
Ellos no son solo los nombres que dan vida a mis personajes; son los arquitectos invisibles de mi propia mirada sobre la historia, la política y el afecto.
Toñita, en su versión real, fue una mujer de un temple inquebrantable, capaz de una lealtad absoluta hacia la familia de su esposo, aunque no estuviera exenta de esos celos protectores que la llevaban a cuidar de los suyos con una intensidad fascinante. Su hogar siempre estuvo marcado por el aroma de la cocina peruana, la nostalgia de las baladas románticas de siempre y la inmersión total en sus telenovelas.
Calín, por su parte, trajo a nuestra historia una mirada del mundo forjada entre los libros y la disciplina de una escuela militar. De él heredé el conocimiento de la música de protesta de Víctor Jara y Quilapayún, el gusto por la jarana criolla y esa capacidad crítica para analizar conflictos lejanos —como Vietnam o Corea— con la misma frialdad y rigor con la que analizaba una película bélica sobre la Segunda Guerra Mundial.
Ellos no son solo los nombres que dan vida a mis personajes; son los arquitectos invisibles de mi propia mirada sobre la historia, la política y el afecto.

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