La tía Clara: El secreto de una conquista
La tía Clara, la tía abuela de mi madre, es otro de esos personajes formidables que desafían las convenciones y que, afortunadamente, aún nos acompaña con su presencia. En la realidad, ella fue la menor de seis hermanos y su vida amorosa tuvo dos grandes capítulos, ambos protagonizados por caballeros chilenos (figuras que en la ficción decidí fusionar en el personaje del tío Esteban para darle mayor fluidez a la trama). Eventualmente, la vida la llevó a radicarse en Chile junto a su segundo esposo y sus tres hijos —aunque en mi relato inicial solo menciono a dos, ya que la última niña nació algún tiempo después.
Clara (el nombre ha sido cambiado) siempre compartió esa veta bohemia y descontracturada de mi abuelo. No era, ni de cerca, una entusiasta de la cocina ni de los quehaceres domésticos. De hecho, la leyenda familiar cuenta que, para conquistar a su primer esposo, fingía ser una cocinera experimentada presentándole platillos deliciosos que en realidad compraba en secreto afuera. El truco funcionó a la perfección y, aunque con los años y la distancia terminó aprendiendo los secretos del oficio por fuerza mayor, mi madre creció con la firme idea de que la cocina no era lo suyo. Hasta el día de hoy, a mi madre todavía le causa una enorme y divertida sorpresa enterarse de que la tía Clara finalmente se convirtió en una buena cocinera. Retratarla en esta historia es un homenaje a su astucia, a su longevidad y a esa capacidad tan suya para salirse siempre con la suya.

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